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Carta a esos ciertos límites: parte 2

Han pasado algunos meses desde que escribí otras líneas sobre los límites de la democracia, el 15 de diciembre de 2025. Y, curiosamente, no tengo demasiado que corregir. Más bien tengo que añadir. Porque hay cosas que, con el paso del tiempo, dejan de ser sospechas y empiezan a convertirse en hechos. Y hay otras que, por mucho que uno quisiera, ya no pueden explicarse como simples errores, accidentes o diferencias de criterio. No quiero hablar de derecha ni de izquierda. Ya dije que esas palabras se quedan pequeñas para explicar lo que verdaderamente importa. Prefiero hablar de democracia. De humanidad. De esa frontera invisible que separa lo que una sociedad está dispuesta a tolerar de aquello que jamás debería aceptar. Y vaya si hemos tenido motivos para pensar. En estos meses hemos visto cómo el discurso del orden, de la seguridad y de la autoridad, ese que parecía venir a poner cada cosa en su sitio, ha terminado tropezando con sus propias decisiones. Porque resulta que, mient...

De Libros y de Música II

Hay libros que tienen música y libros que son música. La diferencia parece pequeña, pero es de esas diferencias que pueden arruinarnos una tarde entera, porque una cosa es leer una novela mientras suena un disco y otra, muy distinta, es descubrir que el disco estaba escondido entre las páginas, esperando que alguien lo sacara de allí. Con Rayuela, por ejemplo, sucede algo maravilloso. Uno empieza leyendo a Cortázar y termina buscando a Thelonious Monk, a Charlie Parker, a Bix Beiderbecke, a Louis Armstrong. De pronto, París ya no es solamente París: es una trompeta que se escucha desde un sótano, una conversación que se prolonga hasta las cuatro de la mañana, un cigarrillo consumiéndose mientras alguien intenta explicar por qué una nota musical puede decir más que toda una biblioteca. Y entonces aparece el Club de la Serpiente, esa reunión de seres que parecen haber comprendido que la vida, si se la escucha con suficiente atención, también puede improvisarse. A Rayuela no se la lee: se...

De libros y de música I

No sé si te ha ocurrido alguna vez eso de abrir un libro y encontrarte, entre sus páginas, con una música que no estaba escrita en ninguna parte. No hablo de esa música que uno pone de fondo para que la tarde no se sienta tan sola, ni de las canciones que acompañan una copa o le hacen trampas al silencio. Hablo de otra cosa, algo más parecido a descubrir que las palabras tienen un ritmo secreto, una respiración que viene de muy lejos, quizá de antes de que alguien inventara el alfabeto. Pienso en Rayuela, naturalmente. Sería imposible hablar de libros y música sin que Oliveira se nos apareciera por alguna esquina, con su aire de haber perdido algo que nunca terminó de encontrar. Allí la música no está solamente en las páginas: está en los saltos, en las interrupciones, en esa manera de andar por la novela como quien improvisa jazz, equivocándose de calle para llegar a una verdad que por la avenida principal habría sido imposible encontrar. Cortázar sabía que una historia podía tocarse....

cincuenta sombras y luces

Cincuenta años no son una cifra redonda, aunque los calendarios insistan en presentarla como si lo fuera. Más bien parecen una acumulación de esquinas: algunas suavizadas por el uso, otras todavía filosas, y unas cuantas que uno aprende a esquivar sin mirarlas demasiado de frente. Es extraño decirlo así, pero a esta altura ya se sabe que la vida no se deja resumir. Ni siquiera por uno mismo. Hay hijos, sí. Y con ellos una forma de tiempo que no se parece a ninguna otra: el tiempo que deja de ser tuyo sin dejar de importarte. Uno aprende a mirar hacia adelante con sus ojos, y hacia atrás con los propios, como si fueran dos corrientes que no siempre se encuentran pero tampoco dejan de dialogar. En ellos persiste una continuidad que no depende de la voluntad, sino de algo más obstinado y silencioso. También hay heridas. No como excepciones, sino como una gramática paralela que fue enseñando su sintaxis sin pedir permiso. Algunas se volvieron cicatrices casi elegantes, otras siguen siendo ...

El camino de la escritura

Después de todo este tiempo escribiendo, empiezo a sospechar que uno no aprende solamente a escribir. Aprende también a mirar. Y quizá eso sea bastante más interesante. Al principio pensaba que escribir consistía en plasmar una buena idea, sin prestar demasiada atención a las palabras ni a la construcción de las oraciones que daban forma al texto. Por eso, los primeros textos tienen esa mezcla de ensayo, insistencia en algunas ideas y ciertas repeticiones que decían mucho y dejaban poco espacio al lector para interpretar. Luego entendí la importancia de encontrar las palabras correctas, como quien busca una llave debajo de una maceta. Después descubrí que las palabras no siempre abren puertas: a veces las construyen, a veces las cierran y, las más interesantes, hacen aparecer una habitación que uno no sabía que tenía adentro. He aprendido que escribir es también aprender a esperar. Dejar una frase a medio camino. No explicar demasiado. Entender que una historia puede decir algo importa...

Juntarnos, no hacer nada.

Hay algo que sospecho de nosotros, los latinoamericanos: n os gusta juntarnos.  No necesariamente para hacer algo. A veces, precisamente, para no hacer nada. Nos basta con que haya una mesa, unas sillas desparejas, alguien que llegue tarde y otro que diga que no tiene hambre antes de probar lo que encuentra. Entonces empieza la conversación, que en nuestros países nunca es solamente conversación: es discusión, confesionario, teatro, tribunal, memoria y, con un poco de suerte, una teoría completamente equivocada sobre el universo. Nos gusta opinar distinto. Qué raro privilegio ese de poder querer a alguien y, al mismo tiempo, pensar que está diciendo una barbaridad. Podemos discutir durante dos horas sobre política, fútbol, música, la manera correcta de preparar un mate, el café, la tortilla o sobre si aquella persona nos quiso realmente, y después levantarnos como si nada para ir a bailar.  Porque también bailamos y lo  más misterioso todavía, es que bailamos sin motivo. ...

Sosiego e identidad

Sigo pensando en una palabra tan quieta que casi no se deja pensar: sosiego. Es una de esas palabras que parecen haber aprendido a respirar despacio. Después descubrí que quizá venga de la vieja costumbre de sentarse, de asentarse, de dejar que el cuerpo encuentre por fin un lugar donde no tenga que defenderse del mundo. Me gustó imaginar que la calma no es otra cosa que el alma sentándose después de caminar demasiado. En cambio, el arrobo hace exactamente lo contrario. No se sienta; se levanta. Viene de ser arrebatado, llevado lejos de uno mismo. Hay personas, músicas o paisajes que nos hacen ese pequeño secuestro sin pedir rescate. Salimos de nosotros y, curiosamente, volvemos un poco más parecidos a quienes éramos. Pensé entonces que casi todas las palabras con las que intentamos describir a una persona nacieron hablando de otra cosa. Decimos que alguien es superficial como si fuera un estanque donde apenas se moja la punta de un dedo. Decimos profundo como si la inteligencia fuera ...

Heridas

Hay una idea que vuelve a mí con una insistencia casi incómoda: no recuerdo haber conocido a una sola persona completamente intacta. Quizá mi oficio tenga algo que ver. Paso los días escuchando historias que pocas veces se cuentan en voz alta. Aprendí que las heridas rara vez llegan con el dramatismo que imaginamos. Algunas tienen el tamaño de una tragedia. Otras caben en un gesto, en una frase dicha a destiempo, en una expectativa que nadie creyó excesiva. Con el tiempo entendí que el dolor no siempre tiene un culpable. He visto hijos que crecieron amados y, aun así, sintieron que nunca alcanzaban la medida de los sueños de sus padres. No porque esos padres fueran crueles. Al contrario. A veces amaban tanto que sin querer convirtieron el amor en una vara imposible de alcanzar. El daño no nació de la intención, sino del peso. Y el peso, cuando se sostiene durante años, también deja marcas. Eso me hizo desconfiar de las explicaciones simples. No creo que la vida se divida entre víctimas...

Palabras y significado

Hay días en que uno sospecha que las palabras saben más de nosotros que nosotros de ellas. Las usamos con la confianza del que toma un colectivo de memoria, sin preguntarse quién trazó el recorrido ni por qué esa calle desemboca exactamente ahí. Entonces aparece la etimología, esa arqueología de bolsillo, y cada palabra deja de ser un ladrillo para volverse un fósil todavía tibio. Pensaba en eso esta mañana. Pensaba en el verbo ser, que usamos con una ligereza casi insolente: "soy esto", "soy aquello", como quien cuelga un cartel en una puerta. Pero el viejo latín decía esse, y antes todavía las raíces indoeuropeas apuntaban a algo parecido a "existir", "estar presente", "tener realidad". Curioso, ¿no? Nunca fue una estatua. Más bien una aparición. Como si ser no consistiera en endurecerse sino en insistir. Tal vez por eso desconfío un poco de las identidades demasiado prolijas. Apenas alguien dice "yo soy así", siento que aca...

¿Qué hago con el tiempo que me tocó?

El otro día me encontré pensando en una palabra rara: vacío. No ese vacío que deja una casa cuando alguien se va, ni el de una taza después del café. Hablo de un vacío mucho más curioso, uno que puede aparecer precisamente cuando todo parece estar lleno. Me explico. Nuestros abuelos, para bien o para mal, recibían muchas respuestas antes incluso de formular las preguntas. La familia decía quién eras. La religión decía por qué estabas aquí. El barrio te enseñaba cómo comportarte. El trabajo, si lo había, parecía durar toda la vida. Era un mundo de caminos angostos, pero visibles. Nosotros heredamos otra cosa. Nos entregaron un mapa completamente en blanco y nos dijeron: "Ahora dibuja el camino que te haga feliz". Suena maravilloso. Y lo es, hasta cierto punto. Pero nadie nos advirtió que un mapa en blanco también puede marear. A veces pienso que vivimos como quien entra a una biblioteca infinita con la obligación de escoger un solo libro. El problema ya no es que nos prohíban ...

Las redes

Mira cómo pasas de una imagen a otra. No hace falta apuro. El dedo ya aprendió solo. Desliza, acepta, olvida. Una cara, un paisaje, una receta, una guerra, un perro que baila, una despedida, una taza de café, un eclipse, otra cara. Todo dura lo mismo: el instante suficiente para que llegue lo siguiente. Hay una forma nueva de mirar que no se parece a mirar. Se parece más a rozar. Como quien pasa la mano por la superficie de un río sin detenerse jamás a descubrir la temperatura del agua. La atención, que antes encontraba un rincón donde sentarse, ahora anda de pie. Va de una ventana a otra con la cortesía de quien no quiere molestar, pero tampoco quedarse. Y uno termina creyendo que ha visto mucho, cuando apenas ha alcanzado a reconocer las siluetas. Tal vez por eso algunas páginas todavía nos desarman. Porque no se dejan deslizar. Obligan a permanecer. Exigen ese pequeño acto de rebeldía que consiste en darle varios minutos a una sola idea, como si el tiempo volviera a ser una conversa...

Libros por leer

Hay tantos libros esperando una mano que los abra como quien empuja apenas una ventana al atardecer. Permanecen en los estantes con esa paciencia mineral que tienen las cosas cuando saben que el tiempo trabaja para ellas. Uno pasa delante, desvía la mirada, promete un mañana que a veces llega disfrazado de invierno, de insomnio o de una tarde demasiado larga. Y entonces ocurre. No porque uno haya elegido el libro, sino porque el libro, cansado de esperar, encuentra la rendija por donde entrar. Basta una frase. Una sola. Después ya no se lee: se recuerda algo que todavía no había sucedido. Las páginas dejan de ser papel y adquieren esa condición extraña de los espejos, donde no aparece la cara sino la versión secreta de quien la sostiene. Tal vez por eso las bibliotecas nunca están en silencio. Hay una conversación diminuta entre los lomos cerrados, una conspiración de palabras que todavía no conocen nuestra voz y, sin embargo, ya la están pronunciando. Nosotros creemos buscar historias...

Trascender

Hay una superstición bastante extendida: la de creer que hemos venido a dejar una huella. Como si la vida necesitara de nosotros una firma legible al pie de una página que seguirá escribiéndose cuando ya no estemos. Tal vez por eso nos inquieta tanto la idea de pasar inadvertidos, de no haber dicho la frase definitiva, de no haber inventado el gesto que cambie el curso de las cosas. Pero sospecho que la trascendencia es un oficio demasiado grande para tan poca vida. Hay una tranquilidad extraña en aceptar que casi todo lo que creemos descubrir ya había empezado a respirarse en otra parte. Una intuición que alguien anotó hace tres siglos en un margen olvidado. Una teoría que un desconocido está formulando ahora mismo, al otro lado del mundo, con palabras distintas y la misma sorpresa. Incluso nuestros pensamientos más íntimos parecen pertenecer a una conversación antigua que nunca terminó. Eso no disminuye el valor de pensar. Al contrario. Lo vuelve más humano. Porque quizá la novedad n...

Breve inventario al frío

El invierno tiene una virtud que el verano jamás entenderá: obliga a la inteligencia. Cuando hace calor uno apenas se deja caer bajo una sombra y listo. El frío, en cambio, exige estrategia. Es un juego antiguo entre el cuerpo y el mundo, una partida de ajedrez donde cada movimiento cuenta. Por ejemplo, la manta. O el poncho, que viene a ser la manta cuando decidió salir a caminar. Ninguno ganó jamás un concurso de elegancia. Son democráticos: convierten en una misma figura al profesor, al poeta, al abuelo y al muchacho que juraba no parecerse nunca a su abuelo. Debajo de una manta desaparece el prestigio y queda solamente un mamífero intentando conservar el calor. Me parece una lección bastante saludable. Después están las capas. Hay una sabiduría geológica en vestirse por capas. La primera es la conversación privada con el cuerpo: la térmica, discreta, casi secreta. La segunda ya negocia con el clima. La tercera es para cuando el invierno ha decidido ponerse solemne. Quitarse una cap...

Con frío o calor

Hace unos días me encontré pensando una de esas tonterías que de pronto dejan de serlo, como cuando uno descubre que una cucharita olvidada en un vaso puede sonar igual que una campana si el silencio está de buen humor. Pensaba en el aire acondicionado. No en la máquina, claro, sino en esa obstinación moderna por fijar la temperatura del mundo en veinticinco grados. Hay una tranquilidad casi religiosa en decidir que el verano no será verano ni el invierno tendrá permiso para ser invierno. Todo permanece igual, domesticado, sin sobresaltos, como una conversación donde nadie levanta la voz porque todos han firmado un acuerdo secreto con la comodidad. Y entonces se me ocurrió que quizá hay dos maneras de vivir. Una consiste precisamente en eso: poner el aire a veinticinco grados y olvidarse del resto. Que el mundo haga lo que quiera detrás de los vidrios. Afuera podrá llover horizontalmente o derretirse el asfalto; aquí adentro el cuerpo nunca tendrá que negociar con nada. Ni frío ni calo...

compañero en borradores

Hay una superstición bastante extendida entre quienes escribimos. Consiste en creer que cada página debe justificar nuestra existencia, como si cada párrafo estuviera obligado a demostrar que no nos equivocamos al sentarnos frente a la mesa. Es una superstición fatigosa, porque convierte la escritura en examen y al escritor en vigilante de sí mismo. Con los años uno descubre algo menos brillante pero más útil: a veces se escriben cosas malas. No hablo de esas páginas que luego corregimos hasta volverlas presentables. Hablo de las otras. Las que nacen torcidas y permanecen torcidas. A veces falla la prosa, que avanza como una carreta con una rueda rota. A veces falla la idea, que parecía un continente y termina siendo una isla diminuta. Y muchas veces no falla ninguna de las dos: falla la exigencia que las precede, esa voz que pide una obra maestra cuando apenas haría falta una página honesta. La literatura tiene la mala costumbre de exhibir sus cumbres y esconder sus derrumbes. Leemos ...

Una habitación en silencio

Durante años tuve la sospecha de haber nacido para una vida distinta. No una vida mejor, cuidado, sino una vida más novelesca. Imaginaba mesas de madrugada en París, en Buenos Aires o en cualquier ciudad donde los escritores parecieran haber inventado una segunda noche reservada para ellos. Veía a Hemingway discutiendo con periodistas y boxeadores. Veía a Cortázar cruzando puentes húmedos después de conversaciones interminables. Veía poetas, pintores, músicos, filósofos, todos inclinados sobre una mesa redonda donde las palabras caían como fichas de dominó. Y yo, naturalmente, estaba allí. En esas fantasías siempre decía algo brillante cerca de las tres de la mañana. La realidad, en cambio, resultó tener un sentido del humor bastante refinado. Porque cuando alguna vez tuve la oportunidad de participar en esas escenas, descubrí algo incómodo: después de una hora empezaba a extrañar mi casa. Mientras los demás pedían otra ronda, yo pensaba en el libro que había dejado a medio capítulo. M...

Las redes y las conversaciones

A veces pienso que Internet llegó a Chile como llegan ciertas lluvias: primero una sospecha en el aire, una conversación escuchada a medias, el comentario de alguien que conocía a alguien que tenía una cuenta en una universidad o en una empresa donde las máquinas se hablaban entre sí con una paciencia que los humanos rara vez practicamos. Era mediados de los noventa y el asunto tenía algo de espiritismo doméstico. Uno se sentaba frente al computador, esa caja que todavía merecía el nombre de máquina, y marcaba un número telefónico. Entonces comenzaba la ceremonia: silbidos, crujidos, chirridos metálicos, pequeñas disputas entre fantasmas eléctricos. El módem negociaba con otro módem en algún lugar invisible de Santiago. Durante esos segundos parecía que el mundo entero dependía de una conversación entre grillos mecánicos. Y de pronto, conexión. La palabra era hermosa: conexión. No velocidad, no rendimiento, no productividad. Conexión. Como si una calle nueva hubiera aparecido durante l...

Entre un tren y el otro

Hay una diferencia absurda entre la vida y la muerte, pero no sé si es una diferencia verdadera o apenas una cuestión de actividad, como esas casas que uno mira desde el tren de noche: en algunas hay luces encendidas, alguien lava platos, alguien bosteza frente a la televisión; en otras no hay nada visible y sin embargo uno no puede asegurar que estén vacías. La vida, quizá, consiste solamente en eso: las luces prendidas. Uno se despierta, se levanta porque hay que levantarse, pone agua a hervir, busca una camisa menos arrugada que las otras, trabaja, come algo a deshora, vuelve. A veces se ríe en medio de una conversación y durante algunos segundos todo parece justificarse; otras veces mira el reloj como quien contempla una condena diminuta e interminable. Pero incluso en los peores días hay movimiento, una especie de zumbido interno. El cuerpo insiste. El hambre insiste. El sueño insiste. Vivir es, sobre todo, esa insistencia. La muerte en cambio parece carecer de voluntad. No hay tr...

Ciudades

Hay ciudades que no se recorren: se insinúan. Uno cree caminar por ellas, pero en realidad son ellas las que, con cierta paciencia irónica, lo van disponiendo a uno en sus ritmos, en sus cortes, en sus continuidades. Pienso en Buenos Aires y en Santiago como en dos formas distintas de una misma pregunta: cómo se organiza la belleza cuando la vida insiste en desordenarla. Buenos Aires, por momentos, parece haber sido soñada de una sola vez. Hay en sus avenidas algo de frase larga, bien puntuadas, donde cada edificio acepta —con mayor o menor dignidad— su lugar en la oración. La ciudad se deja leer. Incluso cuando se descascara, cuando la pintura cede o el tiempo deja ver sus grietas, hay una especie de fidelidad al gesto original. Como si la belleza no dependiera tanto del estado de las cosas, sino de una intención que persiste debajo, terca, casi literaria. Caminarla es entrar en una continuidad: uno avanza y la ciudad, de alguna manera, continúa. Santiago, en cambio, no se deja narrar...