Después de todo este tiempo escribiendo, empiezo a sospechar que uno no aprende solamente a escribir. Aprende también a mirar. Y quizá eso sea bastante más interesante. Al principio pensaba que escribir consistía en plasmar una buena idea, sin prestar demasiada atención a las palabras ni a la construcción de las oraciones que daban forma al texto. Por eso, los primeros textos tienen esa mezcla de ensayo, insistencia en algunas ideas y ciertas repeticiones que decían mucho y dejaban poco espacio al lector para interpretar. Luego entendí la importancia de encontrar las palabras correctas, como quien busca una llave debajo de una maceta. Después descubrí que las palabras no siempre abren puertas: a veces las construyen, a veces las cierran y, las más interesantes, hacen aparecer una habitación que uno no sabía que tenía adentro. He aprendido que escribir es también aprender a esperar. Dejar una frase a medio camino. No explicar demasiado. Entender que una historia puede decir algo importa...
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