Hay una forma de tristeza que no duele, porque no viene de una pérdida sino de una desatención. Uno la descubre en los objetos más humildes: una taza mal secada, una silla que ha perdido su lugar exacto, la luz de la tarde cayendo sobre una mesa sin que nadie la espere.
A eso, sin que nadie lo haya decretado con solemnidad, algunos le han dado el nombre de kurashi. Pero el nombre tampoco importa demasiado; lo que importa es ese modo de estar en el mundo como si el mundo fuera una casa que hay que habitar con cierta delicadeza.
He pensado a veces que la vida no se compone de grandes acontecimientos sino de la manera en que se dobla una camisa, de cómo se abre una ventana, de la paciencia con la que se deja que el agua hierva. Hay una literatura secreta en esos gestos, una escritura que no necesita palabras porque se entiende con el cuerpo.
El problema es que solemos creer que lo importante ocurre lejos de lo cotidiano, como si la existencia fuera una serie de incendios o revelaciones. Y sin embargo, cuando todo eso se apaga, lo que queda es siempre lo mismo: una habitación, un plato, una forma de luz que insiste en volver cada mañana.
Kurashi, si uno lo piensa con demasiado énfasis, corre el riesgo de convertirse en una estética. Pero en su origen —si es que tiene alguno— es más bien una ética silenciosa: la de no abandonar lo pequeño, la de no tratar la vida como un lugar de paso sino como un lugar que se habita incluso en sus grietas.
Y entonces uno comprende algo incómodo: que la calma no es ausencia de ruido, sino una manera distinta de escucharlo. Que lo cotidiano no es lo opuesto de lo extraordinario, sino su forma más persistente.
Quizá por eso, en algunos días, basta con lavar un vaso con atención suficiente para que el mundo no se desarme del todo.
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