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carta a las horas del dia

Querido horario,

Hoy comencé a medir el día como quien mide una mesa: con regla, con números, con lápiz y papel, y esa ilusión prolija de que todo cabe en segmentos ordenados. Ocho horas para dormir, ocho para trabajar, dos para ir y venir como un péndulo obediente, y el resto —ese resto— como una migaja donde uno debería vivir.

Pero ya sabes cómo son estas cosas: uno empieza sumando y termina restando.

Porque el día no se deja dividir tan fácilmente. Las ocho horas de trabajo no son ocho: hay una que se queda pegada en la nuca cuando anochece, otra que se mete en la cena como un invitado sin nombre. Y el sueño, ah, el sueño, ese animal cada vez más flaco, al que le damos cinco horas como quien alimenta a un perro con culpa.

Me preguntaba —mientras lavaba un plato que no recordaba haber ensuciado— en qué momento vivir se volvió una tarea doméstica. Cocinar, barrer, doblar, ordenar: pequeñas ceremonias que sostienen el mundo pero que, sumadas, terminan por devorarlo. Uno cree que está limpiando la casa y en realidad está puliendo las horas hasta dejarlas irreconocibles.

Y entonces queda ese espacio mínimo, esa rendija de una hora —a veces menos— donde supuestamente ocurre la vida. Como si vivir fuera sentarse en un borde, mirar el reloj y apurarse a sentir algo antes de que todo vuelva a empezar.

No sé si te pasa, pero hay días en que sospecho que el tiempo no es nuestro. Que lo habitamos como quien alquila una pieza demasiado cara, donde cada minuto tiene dueño y nosotros apenas somos inquilinos distraídos. Pagamos con cansancio, con sueño atrasado, con esa vaga sensación de haber estado siempre a punto de algo que nunca llegó.

Sin embargo —y aquí me contradigo, como corresponde— hay momentos en que el día se fisura. Un instante tonto: el agua hirviendo justo antes del café, una luz oblicua en la pared, el silencio inesperado de la noche. Ahí, en esa grieta, el tiempo deja de contar y empieza a ser.

Tal vez se trate de eso, de encontrar las grietas, los pequeños rituales.

No cambiar las ocho horas ni las cinco ni las dos —porque ya sabemos lo difícil que es negociar con el mundo—, sino aprender a deslizarse entre ellas, como quien se cuela en una fiesta ajena y, por un rato, baila.

Te escribo esto sin mucha conclusión, como casi todo lo importante. Afuera alguien vuelve a su casa, otro la limpia, otro la sueña. Y el día, disciplinado y terco, se prepara para repetirse.

Nosotros veremos qué hacer con sus sobras.


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