Ir al contenido principal

Entradas

Alejandro Palma – Escritor

Bienvenido a este blog  =) Escribo por disfrute, por insistencia, para preguntar cómo se puede entender y ampliar el mundo con cada nuevo texto finalizado. Aquí no hay certezas, sólo pasadizos. Pero si los recorres, puedes encontrar ideas a esas preguntas. 6 claves sobre mi escritura • Mezclo filosofía, ficción y misterio con una prosa sencilla. • Exploro diversos generos y una literatura que deje una experiencia.   • Narrador de escritores, poetas, músicos, viajes y vidas al margen que están en constante búsqueda. • Escribo sobre la memoria, las obsesiones, lo extraño, las decisiones, la autoría y el descubrimiento personal. • Busco que mis textos dialoguen con lo cotidiano, lo mítico, lo simbólico y lo metafísico, y construir una narrativa chilena con raíces locales y mirada universal. • Aspiro al desarrollo de la Literatura independiente, comunitaria y de calidad,  y no a la publicación editorial. He dejado todos mis libros gratis para descarga. Por eso, este blog...
Entradas recientes

De Libros y de Música II

Hay libros que tienen música y libros que son música. La diferencia parece pequeña, pero es de esas diferencias que pueden arruinarnos una tarde entera, porque una cosa es leer una novela mientras suena un disco y otra, muy distinta, es descubrir que el disco estaba escondido entre las páginas, esperando que alguien lo sacara de allí. Con Rayuela, por ejemplo, sucede algo maravilloso. Uno empieza leyendo a Cortázar y termina buscando a Thelonious Monk, a Charlie Parker, a Bix Beiderbecke, a Louis Armstrong. De pronto, París ya no es solamente París: es una trompeta que se escucha desde un sótano, una conversación que se prolonga hasta las cuatro de la mañana, un cigarrillo consumiéndose mientras alguien intenta explicar por qué una nota musical puede decir más que toda una biblioteca. Y entonces aparece el Club de la Serpiente, esa reunión de seres que parecen haber comprendido que la vida, si se la escucha con suficiente atención, también puede improvisarse. A Rayuela no se la lee: se...

De libros y de música I

No sé si te ha ocurrido alguna vez eso de abrir un libro y encontrarte, entre sus páginas, con una música que no estaba escrita en ninguna parte. No hablo de esa música que uno pone de fondo para que la tarde no se sienta tan sola, ni de las canciones que acompañan una copa o le hacen trampas al silencio. Hablo de otra cosa, algo más parecido a descubrir que las palabras tienen un ritmo secreto, una respiración que viene de muy lejos, quizá de antes de que alguien inventara el alfabeto. Pienso en Rayuela, naturalmente. Sería imposible hablar de libros y música sin que Oliveira se nos apareciera por alguna esquina, con su aire de haber perdido algo que nunca terminó de encontrar. Allí la música no está solamente en las páginas: está en los saltos, en las interrupciones, en esa manera de andar por la novela como quien improvisa jazz, equivocándose de calle para llegar a una verdad que por la avenida principal habría sido imposible encontrar. Cortázar sabía que una historia podía tocarse....

cincuenta sombras y luces

Cincuenta años no son una cifra redonda, aunque los calendarios insistan en presentarla como si lo fuera. Más bien parecen una acumulación de esquinas: algunas suavizadas por el uso, otras todavía filosas, y unas cuantas que uno aprende a esquivar sin mirarlas demasiado de frente. Es extraño decirlo así, pero a esta altura ya se sabe que la vida no se deja resumir. Ni siquiera por uno mismo. Hay hijos, sí. Y con ellos una forma de tiempo que no se parece a ninguna otra: el tiempo que deja de ser tuyo sin dejar de importarte. Uno aprende a mirar hacia adelante con sus ojos, y hacia atrás con los propios, como si fueran dos corrientes que no siempre se encuentran pero tampoco dejan de dialogar. En ellos persiste una continuidad que no depende de la voluntad, sino de algo más obstinado y silencioso. También hay heridas. No como excepciones, sino como una gramática paralela que fue enseñando su sintaxis sin pedir permiso. Algunas se volvieron cicatrices casi elegantes, otras siguen siendo ...

El camino de la escritura

Después de todo este tiempo escribiendo, empiezo a sospechar que uno no aprende solamente a escribir. Aprende también a mirar. Y quizá eso sea bastante más interesante. Al principio pensaba que escribir consistía en plasmar una buena idea, sin prestar demasiada atención a las palabras ni a la construcción de las oraciones que daban forma al texto. Por eso, los primeros textos tienen esa mezcla de ensayo, insistencia en algunas ideas y ciertas repeticiones que decían mucho y dejaban poco espacio al lector para interpretar. Luego entendí la importancia de encontrar las palabras correctas, como quien busca una llave debajo de una maceta. Después descubrí que las palabras no siempre abren puertas: a veces las construyen, a veces las cierran y, las más interesantes, hacen aparecer una habitación que uno no sabía que tenía adentro. He aprendido que escribir es también aprender a esperar. Dejar una frase a medio camino. No explicar demasiado. Entender que una historia puede decir algo importa...

Juntarnos, no hacer nada.

Hay algo que sospecho de nosotros, los latinoamericanos: n os gusta juntarnos.  No necesariamente para hacer algo. A veces, precisamente, para no hacer nada. Nos basta con que haya una mesa, unas sillas desparejas, alguien que llegue tarde y otro que diga que no tiene hambre antes de probar lo que encuentra. Entonces empieza la conversación, que en nuestros países nunca es solamente conversación: es discusión, confesionario, teatro, tribunal, memoria y, con un poco de suerte, una teoría completamente equivocada sobre el universo. Nos gusta opinar distinto. Qué raro privilegio ese de poder querer a alguien y, al mismo tiempo, pensar que está diciendo una barbaridad. Podemos discutir durante dos horas sobre política, fútbol, música, la manera correcta de preparar un mate, el café, la tortilla o sobre si aquella persona nos quiso realmente, y después levantarnos como si nada para ir a bailar.  Porque también bailamos y lo  más misterioso todavía, es que bailamos sin motivo. ...

Sosiego e identidad

Sigo pensando en una palabra tan quieta que casi no se deja pensar: sosiego. Es una de esas palabras que parecen haber aprendido a respirar despacio. Después descubrí que quizá venga de la vieja costumbre de sentarse, de asentarse, de dejar que el cuerpo encuentre por fin un lugar donde no tenga que defenderse del mundo. Me gustó imaginar que la calma no es otra cosa que el alma sentándose después de caminar demasiado. En cambio, el arrobo hace exactamente lo contrario. No se sienta; se levanta. Viene de ser arrebatado, llevado lejos de uno mismo. Hay personas, músicas o paisajes que nos hacen ese pequeño secuestro sin pedir rescate. Salimos de nosotros y, curiosamente, volvemos un poco más parecidos a quienes éramos. Pensé entonces que casi todas las palabras con las que intentamos describir a una persona nacieron hablando de otra cosa. Decimos que alguien es superficial como si fuera un estanque donde apenas se moja la punta de un dedo. Decimos profundo como si la inteligencia fuera ...

Heridas

Hay una idea que vuelve a mí con una insistencia casi incómoda: no recuerdo haber conocido a una sola persona completamente intacta. Quizá mi oficio tenga algo que ver. Paso los días escuchando historias que pocas veces se cuentan en voz alta. Aprendí que las heridas rara vez llegan con el dramatismo que imaginamos. Algunas tienen el tamaño de una tragedia. Otras caben en un gesto, en una frase dicha a destiempo, en una expectativa que nadie creyó excesiva. Con el tiempo entendí que el dolor no siempre tiene un culpable. He visto hijos que crecieron amados y, aun así, sintieron que nunca alcanzaban la medida de los sueños de sus padres. No porque esos padres fueran crueles. Al contrario. A veces amaban tanto que sin querer convirtieron el amor en una vara imposible de alcanzar. El daño no nació de la intención, sino del peso. Y el peso, cuando se sostiene durante años, también deja marcas. Eso me hizo desconfiar de las explicaciones simples. No creo que la vida se divida entre víctimas...