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Entradas

Alejandro Palma – Escritor

Bienvenido a este blog  =) Siempre que encuentro un escritor nuevo me pregunto ¿sobre qué escribe? ¿conectaré con su narrativa? Aquí no hay certezas, sólo pasadizos. Pero si los recorres, puedes encontrar ideas a esas preguntas. Este blog es una biblioteca que se sueña a sí misma, un tablero donde el lector mueve piezas que ya fueron movidas por otro. Los textos no buscan respuestas, sino preguntas más interesantes. A veces son cuentos disfrazados de ensayos; otras, espejos que sólo reflejan si uno los mira de perfil. Se recomienda entrar sin apuro y salir sin haber entendido todo. ¿Qué encontrarás aquí? Literatura contemporánea e independiente, en diversos géneros y propuestas, escrita desde Chile, entre lo cotidiano y lo simbólico, con mirada crítica, sensible y reflexiva. Narrativa breve, cuenmas (esa mezcla entre cuento y poema), reflexiones, ensayos, fantasía, novelas cortas, cartas, libros, preguntas. Textos que buscan sentir y pensar al mismo tiempo, con raíces locales y mir...
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Breve inventario al frío

El invierno tiene una virtud que el verano jamás entenderá: obliga a la inteligencia. Cuando hace calor uno apenas se deja caer bajo una sombra y listo. El frío, en cambio, exige estrategia. Es un juego antiguo entre el cuerpo y el mundo, una partida de ajedrez donde cada movimiento cuenta. Por ejemplo, la manta. O el poncho, que viene a ser la manta cuando decidió salir a caminar. Ninguno ganó jamás un concurso de elegancia. Son democráticos: convierten en una misma figura al profesor, al poeta, al abuelo y al muchacho que juraba no parecerse nunca a su abuelo. Debajo de una manta desaparece el prestigio y queda solamente un mamífero intentando conservar el calor. Me parece una lección bastante saludable. Después están las capas. Hay una sabiduría geológica en vestirse por capas. La primera es la conversación privada con el cuerpo: la térmica, discreta, casi secreta. La segunda ya negocia con el clima. La tercera es para cuando el invierno ha decidido ponerse solemne. Quitarse una cap...

Con frío o calor

Hace unos días me encontré pensando una de esas tonterías que de pronto dejan de serlo, como cuando uno descubre que una cucharita olvidada en un vaso puede sonar igual que una campana si el silencio está de buen humor. Pensaba en el aire acondicionado. No en la máquina, claro, sino en esa obstinación moderna por fijar la temperatura del mundo en veinticinco grados. Hay una tranquilidad casi religiosa en decidir que el verano no será verano ni el invierno tendrá permiso para ser invierno. Todo permanece igual, domesticado, sin sobresaltos, como una conversación donde nadie levanta la voz porque todos han firmado un acuerdo secreto con la comodidad. Y entonces se me ocurrió que quizá hay dos maneras de vivir. Una consiste precisamente en eso: poner el aire a veinticinco grados y olvidarse del resto. Que el mundo haga lo que quiera detrás de los vidrios. Afuera podrá llover horizontalmente o derretirse el asfalto; aquí adentro el cuerpo nunca tendrá que negociar con nada. Ni frío ni calo...

compañero en borradores

Hay una superstición bastante extendida entre quienes escribimos. Consiste en creer que cada página debe justificar nuestra existencia, como si cada párrafo estuviera obligado a demostrar que no nos equivocamos al sentarnos frente a la mesa. Es una superstición fatigosa, porque convierte la escritura en examen y al escritor en vigilante de sí mismo. Con los años uno descubre algo menos brillante pero más útil: a veces se escriben cosas malas. No hablo de esas páginas que luego corregimos hasta volverlas presentables. Hablo de las otras. Las que nacen torcidas y permanecen torcidas. A veces falla la prosa, que avanza como una carreta con una rueda rota. A veces falla la idea, que parecía un continente y termina siendo una isla diminuta. Y muchas veces no falla ninguna de las dos: falla la exigencia que las precede, esa voz que pide una obra maestra cuando apenas haría falta una página honesta. La literatura tiene la mala costumbre de exhibir sus cumbres y esconder sus derrumbes. Leemos ...

Una habitación en silencio

Durante años tuve la sospecha de haber nacido para una vida distinta. No una vida mejor, cuidado, sino una vida más novelesca. Imaginaba mesas de madrugada en París, en Buenos Aires o en cualquier ciudad donde los escritores parecieran haber inventado una segunda noche reservada para ellos. Veía a Hemingway discutiendo con periodistas y boxeadores. Veía a Cortázar cruzando puentes húmedos después de conversaciones interminables. Veía poetas, pintores, músicos, filósofos, todos inclinados sobre una mesa redonda donde las palabras caían como fichas de dominó. Y yo, naturalmente, estaba allí. En esas fantasías siempre decía algo brillante cerca de las tres de la mañana. La realidad, en cambio, resultó tener un sentido del humor bastante refinado. Porque cuando alguna vez tuve la oportunidad de participar en esas escenas, descubrí algo incómodo: después de una hora empezaba a extrañar mi casa. Mientras los demás pedían otra ronda, yo pensaba en el libro que había dejado a medio capítulo. M...

Las redes y las conversaciones

A veces pienso que Internet llegó a Chile como llegan ciertas lluvias: primero una sospecha en el aire, una conversación escuchada a medias, el comentario de alguien que conocía a alguien que tenía una cuenta en una universidad o en una empresa donde las máquinas se hablaban entre sí con una paciencia que los humanos rara vez practicamos. Era mediados de los noventa y el asunto tenía algo de espiritismo doméstico. Uno se sentaba frente al computador, esa caja que todavía merecía el nombre de máquina, y marcaba un número telefónico. Entonces comenzaba la ceremonia: silbidos, crujidos, chirridos metálicos, pequeñas disputas entre fantasmas eléctricos. El módem negociaba con otro módem en algún lugar invisible de Santiago. Durante esos segundos parecía que el mundo entero dependía de una conversación entre grillos mecánicos. Y de pronto, conexión. La palabra era hermosa: conexión. No velocidad, no rendimiento, no productividad. Conexión. Como si una calle nueva hubiera aparecido durante l...

Entre un tren y el otro

Hay una diferencia absurda entre la vida y la muerte, pero no sé si es una diferencia verdadera o apenas una cuestión de actividad, como esas casas que uno mira desde el tren de noche: en algunas hay luces encendidas, alguien lava platos, alguien bosteza frente a la televisión; en otras no hay nada visible y sin embargo uno no puede asegurar que estén vacías. La vida, quizá, consiste solamente en eso: las luces prendidas. Uno se despierta, se levanta porque hay que levantarse, pone agua a hervir, busca una camisa menos arrugada que las otras, trabaja, come algo a deshora, vuelve. A veces se ríe en medio de una conversación y durante algunos segundos todo parece justificarse; otras veces mira el reloj como quien contempla una condena diminuta e interminable. Pero incluso en los peores días hay movimiento, una especie de zumbido interno. El cuerpo insiste. El hambre insiste. El sueño insiste. Vivir es, sobre todo, esa insistencia. La muerte en cambio parece carecer de voluntad. No hay tr...

Ciudades

Hay ciudades que no se recorren: se insinúan. Uno cree caminar por ellas, pero en realidad son ellas las que, con cierta paciencia irónica, lo van disponiendo a uno en sus ritmos, en sus cortes, en sus continuidades. Pienso en Buenos Aires y en Santiago como en dos formas distintas de una misma pregunta: cómo se organiza la belleza cuando la vida insiste en desordenarla. Buenos Aires, por momentos, parece haber sido soñada de una sola vez. Hay en sus avenidas algo de frase larga, bien puntuadas, donde cada edificio acepta —con mayor o menor dignidad— su lugar en la oración. La ciudad se deja leer. Incluso cuando se descascara, cuando la pintura cede o el tiempo deja ver sus grietas, hay una especie de fidelidad al gesto original. Como si la belleza no dependiera tanto del estado de las cosas, sino de una intención que persiste debajo, terca, casi literaria. Caminarla es entrar en una continuidad: uno avanza y la ciudad, de alguna manera, continúa. Santiago, en cambio, no se deja narrar...