Ir al contenido principal

Entradas

Alejandro Palma – Escritor

Bienvenido a este blog  =) Siempre que encuentro un escritor nuevo me pregunto ¿sobre qué escribe? ¿conectaré con su narrativa? Aquí no hay certezas, sólo pasadizos. Pero si los recorres, puedes encontrar ideas a esas preguntas. Este blog es una biblioteca que se sueña a sí misma, un tablero donde el lector mueve piezas que ya fueron movidas por otro. Los textos no buscan respuestas, sino preguntas más interesantes. A veces son cuentos disfrazados de ensayos; otras, espejos que sólo reflejan si uno los mira de perfil. Se recomienda entrar sin apuro y salir sin haber entendido todo. ¿Qué encontrarás aquí? Literatura contemporánea e independiente, en diversos géneros y propuestas, escrita desde Chile, entre lo cotidiano y lo simbólico, con mirada crítica, sensible y reflexiva. Narrativa breve, cuenmas (esa mezcla entre cuento y poema), reflexiones, ensayos, fantasía, novelas cortas, cartas, libros, preguntas. Textos que buscan sentir y pensar al mismo tiempo, con raíces locales y mir...
Entradas recientes

Las redes y las conversaciones

A veces pienso que Internet llegó a Chile como llegan ciertas lluvias: primero una sospecha en el aire, una conversación escuchada a medias, el comentario de alguien que conocía a alguien que tenía una cuenta en una universidad o en una empresa donde las máquinas se hablaban entre sí con una paciencia que los humanos rara vez practicamos. Era mediados de los noventa y el asunto tenía algo de espiritismo doméstico. Uno se sentaba frente al computador, esa caja que todavía merecía el nombre de máquina, y marcaba un número telefónico. Entonces comenzaba la ceremonia: silbidos, crujidos, chirridos metálicos, pequeñas disputas entre fantasmas eléctricos. El módem negociaba con otro módem en algún lugar invisible de Santiago. Durante esos segundos parecía que el mundo entero dependía de una conversación entre grillos mecánicos. Y de pronto, conexión. La palabra era hermosa: conexión. No velocidad, no rendimiento, no productividad. Conexión. Como si una calle nueva hubiera aparecido durante l...

Entre un tren y el otro

Hay una diferencia absurda entre la vida y la muerte, pero no sé si es una diferencia verdadera o apenas una cuestión de actividad, como esas casas que uno mira desde el tren de noche: en algunas hay luces encendidas, alguien lava platos, alguien bosteza frente a la televisión; en otras no hay nada visible y sin embargo uno no puede asegurar que estén vacías. La vida, quizá, consiste solamente en eso: las luces prendidas. Uno se despierta, se levanta porque hay que levantarse, pone agua a hervir, busca una camisa menos arrugada que las otras, trabaja, come algo a deshora, vuelve. A veces se ríe en medio de una conversación y durante algunos segundos todo parece justificarse; otras veces mira el reloj como quien contempla una condena diminuta e interminable. Pero incluso en los peores días hay movimiento, una especie de zumbido interno. El cuerpo insiste. El hambre insiste. El sueño insiste. Vivir es, sobre todo, esa insistencia. La muerte en cambio parece carecer de voluntad. No hay tr...

Ciudades

Hay ciudades que no se recorren: se insinúan. Uno cree caminar por ellas, pero en realidad son ellas las que, con cierta paciencia irónica, lo van disponiendo a uno en sus ritmos, en sus cortes, en sus continuidades. Pienso en Buenos Aires y en Santiago como en dos formas distintas de una misma pregunta: cómo se organiza la belleza cuando la vida insiste en desordenarla. Buenos Aires, por momentos, parece haber sido soñada de una sola vez. Hay en sus avenidas algo de frase larga, bien puntuadas, donde cada edificio acepta —con mayor o menor dignidad— su lugar en la oración. La ciudad se deja leer. Incluso cuando se descascara, cuando la pintura cede o el tiempo deja ver sus grietas, hay una especie de fidelidad al gesto original. Como si la belleza no dependiera tanto del estado de las cosas, sino de una intención que persiste debajo, terca, casi literaria. Caminarla es entrar en una continuidad: uno avanza y la ciudad, de alguna manera, continúa. Santiago, en cambio, no se deja narrar...

carta a las horas del dia

Querido horario, Hoy comencé a medir el día como quien mide una mesa: con regla, con números, con lápiz y papel, y esa ilusión prolija de que todo cabe en segmentos ordenados. Ocho horas para dormir, ocho para trabajar, dos para ir y venir como un péndulo obediente, y el resto —ese resto— como una migaja donde uno debería vivir. Pero ya sabes cómo son estas cosas: uno empieza sumando y termina restando. Porque el día no se deja dividir tan fácilmente. Las ocho horas de trabajo no son ocho: hay una que se queda pegada en la nuca cuando anochece, otra que se mete en la cena como un invitado sin nombre. Y el sueño, ah, el sueño, ese animal cada vez más flaco, al que le damos cinco horas como quien alimenta a un perro con culpa. Me preguntaba —mientras lavaba un plato que no recordaba haber ensuciado— en qué momento vivir se volvió una tarea doméstica. Cocinar, barrer, doblar, ordenar: pequeñas ceremonias que sostienen el mundo pero que, sumadas, terminan por devorarlo. Uno cree que está l...

carta a los libros que no leí

Me pregunté, con esa torpeza que siempre acompaña a las preguntas que importan poco, por qué en este espacio no hablo de los libros que he leído (o hablo muy poco de ellos). Y enseguida supe que la respuesta no estaba en los libros, ni siquiera en mí, sino en esa obstinada costumbre del tiempo de empujarnos hacia adelante. Los libros leídos son habitaciones cerradas; todavía huelen, sí, pero ya no se transforman. En cambio, los que no he leído —los que ni siquiera sé que existen— respiran como animales invisibles detrás de las paredes. Actualmente mi Instagram no trata de fotos de portadas ni citas subrayadas con una solemnidad que no les pertenece. Porque para mí, lo importante no es lo que fue leído, sino lo que insiste en no serlo todavía. Ahora mismo no tengo ninguna idea. Y decirlo así, sin adornos, tiene algo de alivio. Ninguna idea, ninguna urgencia, ninguna importancia. Como si todo se hubiera retirado un paso, dejándome solo frente a una mesa vacía. Pero en esa falta hay una t...

Encontrar sentido en las rutinas diarias

Hay una forma de tristeza que no duele, porque no viene de una pérdida sino de una desatención. Uno la descubre en los objetos más humildes: una taza mal secada, una silla que ha perdido su lugar exacto, la luz de la tarde cayendo sobre una mesa sin que nadie la espere. A eso, sin que nadie lo haya decretado con solemnidad, algunos le han dado el nombre de kurashi. Pero el nombre tampoco importa demasiado; lo que importa es ese modo de estar en el mundo como si el mundo fuera una casa que hay que habitar con cierta delicadeza. He pensado a veces que la vida no se compone de grandes acontecimientos sino de la manera en que se dobla una camisa, de cómo se abre una ventana, de la paciencia con la que se deja que el agua hierva. Hay una literatura secreta en esos gestos, una escritura que no necesita palabras porque se entiende con el cuerpo. El problema es que solemos creer que lo importante ocurre lejos de lo cotidiano, como si la existencia fuera una serie de incendios o revelaciones. Y...

carta a escuchar música

No es lo mismo —aunque a veces lo olvidemos con una facilidad que asusta— dejar que la música ocurra, que ir a buscarla. No es lo mismo, por ejemplo, ese gesto mínimo, casi distraído, de aceptar lo que un dispositivo decide por uno —como si la música fuese lluvia y nosotros simples transeúntes sin paraguas—, que el acto un poco ceremonioso, un poco inútil y por eso mismo profundamente humano, de elegir un disco. Porque poner un disco —no siempre, pero a veces— se parece a encender una pequeña lámpara en medio de la casa. Hay una preparación, una antesala: la duda frente a los estantes, la yema de los dedos recorriendo los lomos como si fueran espinas dorsales de viejos amigos, la elección que no es nunca del todo inocente. ¿Por qué ese disco y no otro? ¿Por qué hoy? Uno podría decir que es capricho, pero hay días en que esa elección se parece demasiado a una confesión. En cambio, cuando la música llega sola —recomendada, calculada, deslizada en nuestros oídos con una eficacia casi clín...