No es lo mismo —aunque a veces lo olvidemos con una facilidad que asusta— dejar que la música ocurra, que ir a buscarla. No es lo mismo, por ejemplo, ese gesto mínimo, casi distraído, de aceptar lo que un dispositivo decide por uno —como si la música fuese lluvia y nosotros simples transeúntes sin paraguas—, que el acto un poco ceremonioso, un poco inútil y por eso mismo profundamente humano, de elegir un disco.
Porque poner un disco —no siempre, pero a veces— se parece a encender una pequeña lámpara en medio de la casa. Hay una preparación, una antesala: la duda frente a los estantes, la yema de los dedos recorriendo los lomos como si fueran espinas dorsales de viejos amigos, la elección que no es nunca del todo inocente. ¿Por qué ese disco y no otro? ¿Por qué hoy? Uno podría decir que es capricho, pero hay días en que esa elección se parece demasiado a una confesión.
En cambio, cuando la música llega sola —recomendada, calculada, deslizada en nuestros oídos con una eficacia casi clínica— ocurre algo distinto. No es peor, pero tampoco es igual. Es como si alguien más hubiese decidido por nosotros qué ventana abrir, qué paisaje mirar. Y claro, el paisaje puede ser hermoso, incluso puede sorprendernos, pero hay una leve renuncia en ese gesto: la de no haber buscado.
No siempre importa. Hay tardes en que uno se deja llevar con gusto, como quien sube a un tren sin preguntar el destino. Pero otras veces —y son esas las que se quedan— el acto de poner un disco es una forma de resistencia, una manera de decir: hoy elijo yo, hoy me equivoco yo, hoy regreso a ese tema que ya conozco o descubro otro que me estaba esperando desde hace años en el silencio.
Quizás la diferencia esté ahí, en ese pequeño desfasaje entre recibir y convocar. La música que llega sola nos atraviesa; la que elegimos, en cambio, parece salir también de nosotros, como si en algún rincón secreto ya la hubiéramos estado escuchando antes.
Y entonces uno entiende —no del todo, pero lo suficiente— que no se trata solo de música, sino de la forma en que habitamos el tiempo: dejándolo pasar o deteniéndolo un instante, lo justo para apoyar la aguja sobre el surco y escuchar, ahora sí, como si fuera la primera vez.
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