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Entre un tren y el otro

Hay una diferencia absurda entre la vida y la muerte, pero no sé si es una diferencia verdadera o apenas una cuestión de actividad, como esas casas que uno mira desde el tren de noche: en algunas hay luces encendidas, alguien lava platos, alguien bosteza frente a la televisión; en otras no hay nada visible y sin embargo uno no puede asegurar que estén vacías. La vida, quizá, consiste solamente en eso: las luces prendidas.

Uno se despierta, se levanta porque hay que levantarse, pone agua a hervir, busca una camisa menos arrugada que las otras, trabaja, come algo a deshora, vuelve. A veces se ríe en medio de una conversación y durante algunos segundos todo parece justificarse; otras veces mira el reloj como quien contempla una condena diminuta e interminable. Pero incluso en los peores días hay movimiento, una especie de zumbido interno. El cuerpo insiste. El hambre insiste. El sueño insiste. Vivir es, sobre todo, esa insistencia.

La muerte en cambio parece carecer de voluntad. No hay tragedia en ella una vez ocurrida. Tal vez la tragedia pertenezca únicamente a los vivos, que son los únicos obligados a presenciarla. El muerto acaso alcanza a comprender algo en los últimos segundos, una revelación física más que espiritual: el aire que no entra del todo, el corazón que se equivoca, la conciencia retirándose como una marea tímida. Después, nada. Ni siquiera la posibilidad de notar la ausencia de uno mismo.

Quizá por eso el sueño se parece tanto a morir y, al mismo tiempo, es su contrario perfecto. Mientras dormimos dejamos de participar del mundo visible, el cuerpo queda tendido como un objeto abandonado, pero algo continúa inventando experiencias. Se sueña una caída y el miedo existe; se sueña un abrazo y el calor existe; se sueña una ciudad entera y durante algunos minutos esa ciudad tiene calles verdaderas, esquinas verdaderas, incluso recuerdos verdaderos. Después uno despierta y dice: “solo fue un sueño”, como si el hecho de haber ocurrido en otro plano le quitara importancia. Pero sucedió. Sucedió completamente para quien lo vivió.

La muerte da un paso más allá: el cuerpo sigue ahí, también tendido, pero ya no hay nadie soñando detrás de los párpados. Ninguna imagen, ningún sobresalto, ninguna continuación secreta. El silencio absoluto no puede experimentarse porque requiere precisamente la ausencia de quien experimenta.

Y sin embargo pasamos la vida temiéndole a ese estado que jamás llegaremos a conocer. Quizá porque la vida, aun en sus días más miserables, posee algo que la muerte no tendrá nunca: la posibilidad de sentir el peso de una taza caliente entre las manos, el cansancio después de caminar mucho, el sabor exageradamente bueno de una comida simple cuando uno tenía hambre. Cosas mínimas, ridículas incluso, pero encendidas. Como las ventanas vistas desde un tren nocturno.

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