El otro día me encontré pensando en una palabra rara: vacío. No ese vacío que deja una casa cuando alguien se va, ni el de una taza después del café. Hablo de un vacío mucho más curioso, uno que puede aparecer precisamente cuando todo parece estar lleno.
Me explico.
Nuestros abuelos, para bien o para mal, recibían muchas respuestas antes incluso de formular las preguntas. La familia decía quién eras. La religión decía por qué estabas aquí. El barrio te enseñaba cómo comportarte. El trabajo, si lo había, parecía durar toda la vida. Era un mundo de caminos angostos, pero visibles.
Nosotros heredamos otra cosa. Nos entregaron un mapa completamente en blanco y nos dijeron: "Ahora dibuja el camino que te haga feliz".
Suena maravilloso. Y lo es, hasta cierto punto.
Pero nadie nos advirtió que un mapa en blanco también puede marear.
A veces pienso que vivimos como quien entra a una biblioteca infinita con la obligación de escoger un solo libro. El problema ya no es que nos prohíban leer. El problema es que todos los libros parecen prometer la vida que todavía no vivimos.
Entonces uno mira alrededor y descubre un fenómeno curioso. Nunca hubo tanta conversación sobre uno mismo. Cómo dormir mejor, cómo ser más productivo, cómo sanar, cómo organizar la agenda, cómo encontrar la vocación, cómo respirar correctamente, cómo dejar de compararse con los demás... y, mientras tanto, seguimos comparándonos con los demás para comprobar si ya aprendimos a dejar de hacerlo.
Tiene algo de chiste, ¿no?
Como intentar atrapar una mariposa con una red hecha de mariposas.
No creo que seamos más egoístas que otras generaciones. Creo, más bien, que vivimos en una época que nos recuerda cada cinco minutos que somos el proyecto más importante de nuestra vida. Y cuando alguien se convierte en proyecto, empieza a medirse. Y cuando empieza a medirse, descubre que siempre hay alguien más organizado, más saludable, más interesante o más feliz en alguna pantalla.
Quizá por eso el cansancio moderno tiene un sabor distinto. No nace solo del trabajo. También nace de administrar una identidad. Antes había que cuidar una huerta. Ahora hay que cuidar un perfil, una carrera, una marca personal, una estabilidad emocional, una opinión coherente, una alimentación consciente y, si queda tiempo, una planta en el balcón que inevitablemente se seca.
Lo extraño es que, pese a todo, no cambiaría este tiempo por otro. Me gusta que podamos elegir. Me gusta que nadie tenga escrita nuestra vida antes de empezar. Solo sospecho que confundimos la libertad con la obligación de inventarnos de nuevo cada lunes.
Tal vez la libertad no consista en tener infinitas posibilidades, sino en dejar de perseguirlas todas al mismo tiempo.
Hay días en que imagino que el sentido de una vida se parece más a una conversación larga que a una meta. Una conversación donde uno puede quedarse callado sin sentir que está perdiendo el tiempo. Donde no hace falta optimizar el silencio, ni convertir cada paseo en un aprendizaje, ni cada libro en una herramienta para mejorar algo.
Quizá el vacío del que hablaba ese filósofo no sea una ausencia de cosas. Quizá sea el espacio que queda cuando nadie puede responder por nosotros la pregunta más sencilla y más difícil de todas: "¿Qué hago con el tiempo que me tocó?"
Y tal vez esté bien que nadie la responda.
Después de todo, las mejores conversaciones nunca terminan con una conclusión. Terminan con ganas de volver a verse.
Comentarios
Publicar un comentario