Hay algo que sospecho de nosotros, los latinoamericanos: nos gusta juntarnos. No necesariamente para hacer algo. A veces, precisamente, para no hacer nada. Nos basta con que haya una mesa, unas sillas desparejas, alguien que llegue tarde y otro que diga que no tiene hambre antes de probar lo que encuentra. Entonces empieza la conversación, que en nuestros países nunca es solamente conversación: es discusión, confesionario, teatro, tribunal, memoria y, con un poco de suerte, una teoría completamente equivocada sobre el universo.
Nos gusta opinar distinto. Qué raro privilegio ese de poder querer a alguien y, al mismo tiempo, pensar que está diciendo una barbaridad. Podemos discutir durante dos horas sobre política, fútbol, música, la manera correcta de preparar un mate, el café, la tortilla o sobre si aquella persona nos quiso realmente, y después levantarnos como si nada para ir a bailar. Porque también bailamos y lo más misterioso todavía, es que bailamos sin motivo.
No necesitamos una celebración, ni una fecha, ni siquiera demasiada música. A veces basta que alguien golpee dos veces la mesa, que suene una canción desde una ventana, que una guitarra aparezca donde no estaba prevista. Entonces el cuerpo recuerda algo que la cabeza había olvidado. Y uno baila. No para llegar a ninguna parte, no para mejorar su situación económica, no para conquistar una meta. Baila porque sí, que quizá sea una de las formas más serias de la libertad.
Tal vez por eso nos cuesta tanto aceptar ciertas ideas de progreso que vienen perfectamente embaladas, con instrucciones y garantía. Nos preguntan cuánto tenemos, cuánto producimos, qué compramos, qué conseguimos, y nosotros, que solemos ser bastante malos para responder esas preguntas, podemos de pronto recordar una noche de hace quince años en la que alguien cantó desafinado hasta las cuatro de la mañana y todos terminamos llorando de risa. Y entonces resulta que aquello valía. Valía mucho.
Hay cosas que no entran en una cuenta bancaria ni caben en una fotografía. Una conversación que se alarga hasta que amanece. El vecino que aparece con una silla. La madre que insiste en que comas un poco más. El amigo que llega sin avisar porque estaba cerca, aunque viva a dos horas. La discusión que termina en abrazo. El baile improvisado en una cocina demasiado pequeña. El desconocido que se convierte en conocido porque compartieron una mesa, un cigarro, una canción o simplemente la sombra de un árbol.
Quizá los latinoamericanos tenemos esa extraña inclinación hacia lo que no sirve para nada y, justamente por eso, termina sirviendo para todo. Nos reunimos para conversar, pero en el fondo nos reunimos para comprobar que seguimos aquí. Opinamos distinto para recordar que el otro existe. Bailamos sin motivo para que el cuerpo nos devuelva por un momento la noticia de que estamos vivos. Y damos vueltas alrededor de una mesa, hablando de cosas enormes y pequeñas, mientras afuera el mundo continúa con su costumbre de ponerse serio.
Quizá nuestra riqueza, cuando conseguimos no olvidarla, está precisamente ahí: en esa obstinación por encontrarnos. En saber que una tarde puede no producir nada y, sin embargo, quedarse para siempre. En sospechar que la vida, si se la mira demasiado desde el lado de las obligaciones, se vuelve una lista; pero si uno se sienta con otros a conversar, puede recuperar de pronto su forma de milagro.
Comentarios
Publicar un comentario