Durante años tuve la sospecha de haber nacido para una vida distinta.
No una vida mejor, cuidado, sino una vida más novelesca.
Imaginaba mesas de madrugada en París, en Buenos Aires o en cualquier ciudad donde los escritores parecieran haber inventado una segunda noche reservada para ellos. Veía a Hemingway discutiendo con periodistas y boxeadores. Veía a Cortázar cruzando puentes húmedos después de conversaciones interminables. Veía poetas, pintores, músicos, filósofos, todos inclinados sobre una mesa redonda donde las palabras caían como fichas de dominó.
Y yo, naturalmente, estaba allí.
En esas fantasías siempre decía algo brillante cerca de las tres de la mañana.
La realidad, en cambio, resultó tener un sentido del humor bastante refinado.
Porque cuando alguna vez tuve la oportunidad de participar en esas escenas, descubrí algo incómodo: después de una hora empezaba a extrañar mi casa.
Mientras los demás pedían otra ronda, yo pensaba en el libro que había dejado a medio capítulo.
Mientras la conversación se volvía más apasionada, yo recordaba un disco esperando sobre el escritorio.
Mientras todos celebraban la noche, yo comenzaba a imaginar el placer de regresar.
Me costó años entender que aquello no era un fracaso de mi vocación bohemia.
Era simplemente mi naturaleza.
Uno pasa buena parte de la vida enamorado de ciertas versiones imaginarias de sí mismo.
El aventurero que nunca fuimos.
El seductor que nunca fuimos.
El nómada que nunca fuimos.
El bohemio que nunca fuimos.
Y sin embargo hay una dignidad secreta en aceptar la verdad.
La mía, por ejemplo, se parece menos a una mesa rodeada de intelectuales y más a una habitación en silencio.
Un sillón.
Una lámpara.
Un disco sonando a volumen bajo.
Quizá un libro abierto sobre las rodillas.
Nada extraordinario.
O eso parece.
Porque con los años sospecho que la cultura ha exagerado un poco la épica de las conversaciones nocturnas y ha subestimado la aventura de la atención.
Leer de verdad también es conversar.
Escuchar un disco entero también es conversar.
Permanecer acostado en silencio mientras una idea se acomoda lentamente dentro de uno también es conversar.
Sólo que los interlocutores son menos visibles.
A veces pienso que admiramos a ciertos escritores por las noches que vivieron y olvidamos las miles de horas solitarias que necesitaron para escribir una sola página.
Las fotografías muestran los cafés.
Rara vez muestran las habitaciones.
Y quizá las habitaciones eran el verdadero territorio.
Tal vez Cortázar pasó noches memorables conversando con amigos. Seguramente fue así.
Pero también debió de haber noches en las que cerró la puerta, puso un disco, abrió un libro y agradeció que nadie llamara.
Cada vez sospecho más que la creación y la contemplación nacen ahí.
No en el ruido.
No en la multitud.
Sino en ese instante extraño en que el mundo deja de pedirnos algo y nosotros, por fin, podemos escuchar lo que pensamos.
Por eso ya no siento demasiada nostalgia por la vida bohemia que nunca tuve.
La imagino con cariño.
La saludo desde lejos.
Y luego vuelvo a casa.
Donde me espera un libro.
Un disco.
Y esa forma discreta de felicidad que nunca aparece en las novelas porque resulta demasiado sencilla, pero que a veces, justamente por eso, termina siendo la más verdadera.
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