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Con frío o calor


Hace unos días me encontré pensando una de esas tonterías que de pronto dejan de serlo, como cuando uno descubre que una cucharita olvidada en un vaso puede sonar igual que una campana si el silencio está de buen humor.

Pensaba en el aire acondicionado.

No en la máquina, claro, sino en esa obstinación moderna por fijar la temperatura del mundo en veinticinco grados. Hay una tranquilidad casi religiosa en decidir que el verano no será verano ni el invierno tendrá permiso para ser invierno. Todo permanece igual, domesticado, sin sobresaltos, como una conversación donde nadie levanta la voz porque todos han firmado un acuerdo secreto con la comodidad.

Y entonces se me ocurrió que quizá hay dos maneras de vivir.

Una consiste precisamente en eso: poner el aire a veinticinco grados y olvidarse del resto. Que el mundo haga lo que quiera detrás de los vidrios. Afuera podrá llover horizontalmente o derretirse el asfalto; aquí adentro el cuerpo nunca tendrá que negociar con nada. Ni frío ni calor. Ni demasiado ni demasiado poco. Una vida cuidadosamente regulada para que ninguna estación se atreva a interrumpir nuestras costumbres.

La otra manera exige un poco más de conversación con las cosas.

Abrirse el abrigo cuando el sol aparece de improviso. Buscar un pulóver porque el atardecer decidió ser más sincero que la mañana. Abrir una ventana aunque entre viento. Cerrarla porque empezó a llover. Volver a abrirla porque después de la lluvia hay un olor que sería una injusticia perderse.

Es una vida donde uno no corrige al mundo; se deja corregir por él.

Tal vez parezca una diferencia mínima. Apenas una ventana abierta o cerrada. Pero sospecho que en esas decisiones diminutas se esconde casi toda la biografía de una persona.

Quien necesita que la temperatura nunca cambie acaba pidiéndole lo mismo a los afectos, a los viajes, a los libros y hasta a los sueños. Todo debe ocurrir sin incomodar demasiado. Sin mover los muebles del alma.

En cambio, quien acepta ponerse y sacarse un suéter varias veces en un día termina descubriendo que vivir consiste precisamente en eso: en ajustarse sin dejar de ser uno mismo. Hay una humildad preciosa en admitir que el mundo no fue construido para complacernos y, sin embargo, sigue ofreciéndonos una cantidad desmesurada de regalos: una corriente de aire inesperada, una sombra, un rayo de sol en el momento exacto, el vapor de un café cuando las manos empiezan a enfriarse.

Quizá la felicidad no sea mantener una temperatura perfecta, sino conservar la capacidad de asombro frente a cada cambio de clima.

Porque también el corazón tiene estaciones. Hay días para abrir todas las ventanas y otros para quedarse cerca del fuego. Pretender que siempre marque los mismos veinticinco grados es condenarlo a una primavera de plástico, de esas que nunca pierden una hoja porque jamás estuvieron vivas.

No sé. A lo mejor exagero, como suele hacer uno cuando mira demasiado tiempo una cosa cualquiera. Pero me gusta pensar que los seres humanos nos parecemos menos a los termostatos que a las ventanas. Estamos hechos para abrirnos, cerrarnos, empañarnos un poco, dejar entrar el aire y, de vez en cuando, descubrir que el viento sabe más de nosotros que nosotros mismos.

Los abrazo, con frío o con calor, que viene a ser otra forma de decir con vida.


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