Hay ciudades que no se recorren: se insinúan. Uno cree caminar por ellas, pero en realidad son ellas las que, con cierta paciencia irónica, lo van disponiendo a uno en sus ritmos, en sus cortes, en sus continuidades.
Pienso en Buenos Aires y en Santiago como en dos formas distintas de una misma pregunta: cómo se organiza la belleza cuando la vida insiste en desordenarla.
Buenos Aires, por momentos, parece haber sido soñada de una sola vez. Hay en sus avenidas algo de frase larga, bien puntuadas, donde cada edificio acepta —con mayor o menor dignidad— su lugar en la oración. La ciudad se deja leer. Incluso cuando se descascara, cuando la pintura cede o el tiempo deja ver sus grietas, hay una especie de fidelidad al gesto original. Como si la belleza no dependiera tanto del estado de las cosas, sino de una intención que persiste debajo, terca, casi literaria. Caminarla es entrar en una continuidad: uno avanza y la ciudad, de alguna manera, continúa.
Santiago, en cambio, no se deja narrar tan fácilmente. Es más bien un conjunto de fragmentos que a veces coinciden. Hay momentos —una calle precisa, una luz detenida contra la cordillera— donde algo se alinea y aparece una belleza inesperada, casi tímida. Pero dura poco. La ciudad se corta, se interrumpe, cambia de tono sin aviso. No hay una sola voz, sino muchas, y no siempre dialogan. Santiago no propone un relato: propone interrupciones.
Y sin embargo, en esa discontinuidad hay algo honesto. Buenos Aires parece sostener una promesa de forma, incluso cuando la realidad la desgasta. Santiago, en cambio, no promete demasiado: lo que aparece, aparece sin anunciarse, y por eso mismo a veces sorprende más.
También está la forma en que cada una esconde —o no— su desorden. En Buenos Aires, lo marginal se filtra dentro de la escena principal, como una nota al margen que termina siendo parte del texto. Nada queda del todo afuera: lo bello y lo deteriorado conviven, a veces incómodamente, pero sin romper del todo la continuidad.
En Santiago, en cambio, las separaciones son más nítidas. Hay zonas donde la ciudad parece afirmarse, y otras donde parece haber sido olvidada. No es que lo marginal no esté; es que se organiza en otro plano, como si perteneciera a otra ciudad superpuesta. Uno no pasa gradualmente de un estado a otro: cruza.
Quizás por eso Buenos Aires se siente como una conversación larga, llena de digresiones pero sostenida por un mismo tono. Santiago se parece más a una serie de apuntes: fragmentos que, puestos uno al lado del otro, no terminan de cerrar, pero insisten.
Y entonces la pregunta deja de ser cuál es más bella. Tal vez la cuestión es otra: en cuál de las dos formas de mundo uno quiere demorarse.
Hay quienes necesitan la continuidad, aunque esté agrietada, como quien sigue leyendo un libro aun cuando sabe que faltan páginas. Y hay quienes prefieren esos momentos en que algo aparece sin aviso, sin promesa de repetirse, como si la ciudad —por un segundo— coincidiera consigo misma.
Entre ambas, uno no elige tanto una ciudad como una manera de mirar.
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