Después de todo este tiempo escribiendo, empiezo a sospechar que uno no aprende solamente a escribir. Aprende también a mirar. Y quizá eso sea bastante más interesante.
Al principio pensaba que escribir consistía en plasmar una buena idea, sin prestar demasiada atención a las palabras ni a la construcción de las oraciones que daban forma al texto. Por eso, los primeros textos tienen esa mezcla de ensayo, insistencia en algunas ideas y ciertas repeticiones que decían mucho y dejaban poco espacio al lector para interpretar.
Luego entendí la importancia de encontrar las palabras correctas, como quien busca una llave debajo de una maceta. Después descubrí que las palabras no siempre abren puertas: a veces las construyen, a veces las cierran y, las más interesantes, hacen aparecer una habitación que uno no sabía que tenía adentro.
He aprendido que escribir es también aprender a esperar. Dejar una frase a medio camino. No explicar demasiado. Entender que una historia puede decir algo importante sin levantar la mano para avisarlo. Que una imagen, si está bien puesta, puede quedarse dando vueltas en la cabeza mucho después de que terminamos de leer.
También aprendí que corregir no significa traicionar lo que uno escribió. Al contrario: es una forma de quererlo. Uno corta, cambia, mueve una palabra, descubre que ese adjetivo estaba ahí solamente porque nos daba pena echarlo. Y hay que echarlo igual. La literatura, sospecho, tiene algo de jardinería cruel.
Con el tiempo entendí otra cosa: no todo lo que sentimos merece convertirse en texto, pero casi todo puede enseñarnos algo sobre el texto. La tristeza, la alegría, el aburrimiento, una conversación absurda, una tarde cualquiera. Todo sirve si uno aprende a mirar el pequeño mecanismo secreto que hay detrás de las cosas.
Y quizá eso sea lo más extraño que me ha pasado escribiendo: ahora camino por el mundo un poco menos distraído. Escucho cómo alguien dice una palabra. Miro una ventana encendida. Me fijo en el silencio que queda después de una pregunta. A veces pienso que estoy viviendo y, al mismo tiempo, tomando apuntes de contrabando.
No sé si después de todo esto escribo mejor. Pero sé que escribo de otra manera. Con menos necesidad de demostrar y con más ganas de descubrir. Antes quería encontrar una historia; ahora me interesa encontrar aquello que estaba escondido dentro de una historia.
Tal vez ese sea el pequeño taller literario que me ha dado este tiempo: aprender que escribir no consiste solamente en contar lo que uno sabe, sino en entrar a una habitación con la luz apagada y confiar en que, tarde o temprano, los ojos van a acostumbrarse.
Y cuando se acostumbran, aparece algo.
A veces, una historia.
A veces, una frase.
A veces, simplemente, uno mismo.
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