Hay tantos libros esperando una mano que los abra como quien empuja apenas una ventana al atardecer. Permanecen en los estantes con esa paciencia mineral que tienen las cosas cuando saben que el tiempo trabaja para ellas. Uno pasa delante, desvía la mirada, promete un mañana que a veces llega disfrazado de invierno, de insomnio o de una tarde demasiado larga.
Y entonces ocurre. No porque uno haya elegido el libro, sino porque el libro, cansado de esperar, encuentra la rendija por donde entrar. Basta una frase. Una sola. Después ya no se lee: se recuerda algo que todavía no había sucedido. Las páginas dejan de ser papel y adquieren esa condición extraña de los espejos, donde no aparece la cara sino la versión secreta de quien la sostiene.
Tal vez por eso las bibliotecas nunca están en silencio. Hay una conversación diminuta entre los lomos cerrados, una conspiración de palabras que todavía no conocen nuestra voz y, sin embargo, ya la están pronunciando. Nosotros creemos buscar historias; ellas ensayan, con infinita cortesía, la manera de encontrarnos antes de que la costumbre termine por convencernos de que ya hemos visto suficiente mundo.
Y qué alivio descubrir que no. Que todavía queda un párrafo capaz de mover apenas el aire de la habitación, una imagen que desacomode el orden prolijo de las certezas, una página que nos obligue a levantar la vista y mirar la luz como si alguien la hubiera cambiado de sitio mientras leíamos.
Quizás leer no consista en añadir un libro más a la memoria, sino en perder, aunque sea por un instante, la vieja costumbre de ser siempre el mismo.
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