Hay días en que uno sospecha que las palabras saben más de nosotros que nosotros de ellas. Las usamos con la confianza del que toma un colectivo de memoria, sin preguntarse quién trazó el recorrido ni por qué esa calle desemboca exactamente ahí. Entonces aparece la etimología, esa arqueología de bolsillo, y cada palabra deja de ser un ladrillo para volverse un fósil todavía tibio.
Pensaba en eso esta mañana. Pensaba en el verbo ser, que usamos con una ligereza casi insolente: "soy esto", "soy aquello", como quien cuelga un cartel en una puerta. Pero el viejo latín decía esse, y antes todavía las raíces indoeuropeas apuntaban a algo parecido a "existir", "estar presente", "tener realidad". Curioso, ¿no? Nunca fue una estatua. Más bien una aparición. Como si ser no consistiera en endurecerse sino en insistir.
Tal vez por eso desconfío un poco de las identidades demasiado prolijas. Apenas alguien dice "yo soy así", siento que acaba de cerrar una ventana. Y uno necesita ventanas, incluso cuando entra frío.
Después está esa palabra que tanto nos gusta: proyecto. Viene del latín proiectum, "lo lanzado hacia adelante". Me conmueve esa imagen. Vivir sería aceptar que alguien —uno mismo, el tiempo, el azar, vaya uno a saber— nos lanzó un poco más allá de donde estábamos. No caminamos detrás de un destino; vamos cayendo hacia el futuro como una piedra que aprendió a disfrutar el aire.
Quizás la identidad tenga menos que ver con una fotografía que con una trayectoria. No con responder quién soy, sino hacia dónde me estoy arrojando. Hay una enorme diferencia entre un retrato y una flecha.
También persona tiene su pequeña travesura. En el teatro antiguo era la máscara por donde resonaba la voz. La máscara no ocultaba: amplificaba. Qué ironía. Pasamos media vida tratando de quitarnos máscaras, cuando acaso el problema no sea llevarlas sino olvidar que debajo siguen respirando otras voces, otros posibles.
Y si uno sigue tirando del hilo aparecen parentescos insólitos. Recordar viene de re-cordis: volver a pasar por el corazón. No era un ejercicio de archivo sino una segunda circulación de la sangre. Conversar comparte familia con dar vueltas juntos; no consiste tanto en convencer como en caminar alrededor de una misma fogata, cambiando de lugar para que el humo le moleste un rato a cada uno.
A veces pienso que toda filosofía empezó así: alguien dejó de preguntarse qué significaba una palabra y empezó a preguntarse qué quería la palabra de él.
¿Quiénes somos?
Tal vez esa sea una pregunta mal formulada. Quizá habría que preguntar: ¿qué verbo estamos aprendiendo a conjugar? Porque ser, al fin y al cabo, parece menos un sustantivo que una gimnasia. No una respuesta sino una práctica. Uno no es; uno va siendo, que es infinitamente más interesante.
Y en esa marcha el lenguaje hace de brújula y de travesura. Nos engaña cuando creemos que las definiciones alcanzan, pero también nos salva cuando una raíz olvidada abre un pasadizo. Descubrimos entonces que las palabras no son etiquetas pegadas sobre las cosas: son huellas de gente que intentó comprender el mundo antes que nosotros. Cada sílaba guarda el eco de una pregunta antigua.
Me gusta imaginar que hablar es caminar sobre un puente construido por desconocidos. Nosotros apenas añadimos una tabla más. Otro cruzará después sin saber quién la clavó, pero llegará un poco más lejos gracias a ella.
Si eso no es una forma de amistad, se le parece bastante.
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