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Breve inventario al frío



El invierno tiene una virtud que el verano jamás entenderá: obliga a la inteligencia.

Cuando hace calor uno apenas se deja caer bajo una sombra y listo. El frío, en cambio, exige estrategia. Es un juego antiguo entre el cuerpo y el mundo, una partida de ajedrez donde cada movimiento cuenta.

Por ejemplo, la manta. O el poncho, que viene a ser la manta cuando decidió salir a caminar. Ninguno ganó jamás un concurso de elegancia. Son democráticos: convierten en una misma figura al profesor, al poeta, al abuelo y al muchacho que juraba no parecerse nunca a su abuelo. Debajo de una manta desaparece el prestigio y queda solamente un mamífero intentando conservar el calor. Me parece una lección bastante saludable.

Después están las capas.

Hay una sabiduría geológica en vestirse por capas. La primera es la conversación privada con el cuerpo: la térmica, discreta, casi secreta. La segunda ya negocia con el clima. La tercera es para cuando el invierno ha decidido ponerse solemne. Quitarse una capa cuando aparece el sol tiene algo de reconciliación; volver a ponérsela media hora después es aceptar que la naturaleza jamás firmó contrato con nuestras expectativas.

El calientacamas eléctrico pertenece a otra familia de inventos. Es un diplomático. No combate el invierno: lo convence de esperar un rato afuera mientras uno se duerme. Eso sí, hay que tratarlo con respeto. No es un compañero para conversar toda la noche. Cumple su trabajo antes de que uno entre en la cama y después conviene despedirlo con gratitud, porque hasta el calor artificial tiene derecho a descansar.

La bolsa de agua caliente, en cambio, es un clásico incorruptible. Tiene algo de animal doméstico. Uno la llena con cuidado, le saca el aire, verifica que esté bien cerrada y la acomoda entre las sábanas como quien deja una luna tibia esperando en la oscuridad. Nunca entendí por qué produce tanto consuelo una cosa tan simple. Tal vez porque el agua conserva una memoria que la electricidad todavía envidia.

También están las medias gruesas, que convierten el piso helado en un rumor lejano; el gorro, ese humilde guardián de las ideas; los guantes, que recuerdan que hasta los dedos necesitan cierta intimidad para seguir creyendo en el mundo.

Cada uno de estos inventos tiene sus pequeñas instrucciones, sus cuidados. No echar agua hirviendo en la bolsa como si uno quisiera cocinarla. No doblar el cable del calientacamas con la impaciencia de quien guarda un mapa. No confiar demasiado en una sola capa cuando el viento viene con argumentos. Parecen consejos domésticos, pero sospecho que sirven también para otras cosas.

Porque hay personas que atraviesan la vida como quien sale en camiseta a una helada: convencidas de que resistir siempre es una prueba de carácter. Y otras que se envuelven en tantas mantas que terminan sin enterarse de si afuera ya llegó la primavera.

Quizá el secreto sea aprender del invierno sin convertirlo en una religión. Abrigarse lo suficiente para no sufrir, pero no tanto como para olvidar que existe el aire fresco, que de vez en cuando conviene abrir una ventana aunque entre un poco de frío, simplemente para comprobar que el mundo sigue ahí.

Después de todo, el mejor invento contra el invierno no fue la manta ni la bolsa de agua caliente ni las fibras térmicas.

Fue la costumbre de compartirlas.

Porque una manta sobre dos personas abriga un poco más de lo que permiten las leyes de la física, y una taza caliente en una conversación siempre dura más que el calor del agua.

Hay inventos que calientan el cuerpo.

Y hay otros, mucho más antiguos, que siguen empeñados en calentar la vida.


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