Mira cómo pasas de una imagen a otra.
No hace falta apuro. El dedo ya aprendió solo. Desliza, acepta, olvida. Una cara, un paisaje, una receta, una guerra, un perro que baila, una despedida, una taza de café, un eclipse, otra cara. Todo dura lo mismo: el instante suficiente para que llegue lo siguiente.
Hay una forma nueva de mirar que no se parece a mirar. Se parece más a rozar. Como quien pasa la mano por la superficie de un río sin detenerse jamás a descubrir la temperatura del agua.
La atención, que antes encontraba un rincón donde sentarse, ahora anda de pie. Va de una ventana a otra con la cortesía de quien no quiere molestar, pero tampoco quedarse. Y uno termina creyendo que ha visto mucho, cuando apenas ha alcanzado a reconocer las siluetas.
Tal vez por eso algunas páginas todavía nos desarman. Porque no se dejan deslizar. Obligan a permanecer. Exigen ese pequeño acto de rebeldía que consiste en darle varios minutos a una sola idea, como si el tiempo volviera a ser una conversación y no una carrera.
No es que falten imágenes. Nunca hubo tantas. Lo raro empieza cuando descubrimos que recordamos muy pocas. Pasaron delante de nosotros con la misma velocidad con que pasan las gotas por el vidrio de un tren: estuvieron ahí, nadie podría negarlo, pero apenas dejaron una humedad en la memoria.
Y sin embargo, basta detenerse una vez. Sostener una fotografía, una página, una música, un rostro, un árbol. Permanecer un poco más de lo necesario. Es curioso cómo el mundo recupera su profundidad apenas dejamos de pedirle que nos entretenga.
Quizás la atención no sea otra cosa que una forma de cariño. Todo aquello a lo que le concedemos tiempo empieza, lentamente, a revelarse.
En el fondo, las redes sociales no reemplazaron al mundo; cambiaron el ritmo con que lo miramos. Nos acostumbraron a que todo aparezca, deslumbre y desaparezca antes de que alcance a echarnos raíces.
Reconozco que me interesa aquello que rompe la continuidad de la experiencia. En Rayuela uno salta de un capítulo a otro buscando un sentido, lo que me sigue resultando atrapante. En una red social también se salta sin cesar, pero muchas veces el sentido se disuelve en el movimiento mismo. Ambos son fragmentarios; la diferencia es que uno exige reconstruir un universo y el otro, con frecuencia, impide que un universo llegue a formarse.
Tal vez la pregunta no sea si las redes son banales. La pregunta es: ¿qué tipo de atención producen? Porque de la calidad de nuestra atención termina dependiendo la calidad de nuestros pensamientos, de nuestras conversaciones y, en buena medida, de nuestra vida interior.
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