Me pregunté, con esa torpeza que siempre acompaña a las preguntas que importan poco, por qué en este espacio no hablo de los libros que he leído (o hablo muy poco de ellos). Y enseguida supe que la respuesta no estaba en los libros, ni siquiera en mí, sino en esa obstinada costumbre del tiempo de empujarnos hacia adelante. Los libros leídos son habitaciones cerradas; todavía huelen, sí, pero ya no se transforman. En cambio, los que no he leído —los que ni siquiera sé que existen— respiran como animales invisibles detrás de las paredes.
Actualmente mi Instagram no trata de fotos de portadas ni citas subrayadas con una solemnidad que no les pertenece. Porque para mí, lo importante no es lo que fue leído, sino lo que insiste en no serlo todavía.
Ahora mismo no tengo ninguna idea. Y decirlo así, sin adornos, tiene algo de alivio. Ninguna idea, ninguna urgencia, ninguna importancia. Como si todo se hubiera retirado un paso, dejándome solo frente a una mesa vacía. Pero en esa falta hay una tensión secreta, una fuerza que no empuja pero tampoco cede. Algo así como una promesa que no sabe de qué se trata.
Tal vez la biblioteca no sea un lugar de acumulación, sino de inminencia. No el archivo de lo leído, sino la vibración de lo que podría leerse en cualquier momento, o nunca. Y en esa incertidumbre, curiosamente, encuentro más compañía que en cualquier estantería repleta.
Así que no escribiré sobre libros. Ni sobre autores, ni sobre finales que ya ocurrieron. Te escribo, en cambio, sobre esta espera sin objeto, sobre esta forma extraña de estar rodeado por lo que todavía no existe. Porque ahí, en ese borde impreciso, hay algo que resiste la costumbre de cerrar las cosas.
Y quizá eso baste. Solo una especie de anticipación.
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