Hay una idea que vuelve a mí con una insistencia casi incómoda: no recuerdo haber conocido a una sola persona completamente intacta.
Quizá mi oficio tenga algo que ver. Paso los días escuchando historias que pocas veces se cuentan en voz alta. Aprendí que las heridas rara vez llegan con el dramatismo que imaginamos. Algunas tienen el tamaño de una tragedia. Otras caben en un gesto, en una frase dicha a destiempo, en una expectativa que nadie creyó excesiva.
Con el tiempo entendí que el dolor no siempre tiene un culpable.
He visto hijos que crecieron amados y, aun así, sintieron que nunca alcanzaban la medida de los sueños de sus padres. No porque esos padres fueran crueles. Al contrario. A veces amaban tanto que sin querer convirtieron el amor en una vara imposible de alcanzar. El daño no nació de la intención, sino del peso. Y el peso, cuando se sostiene durante años, también deja marcas.
Eso me hizo desconfiar de las explicaciones simples. No creo que la vida se divida entre víctimas y verdugos. Creo que habitamos un territorio mucho más confuso, donde el amor puede herir, donde el silencio puede doler más que un grito y donde las mejores intenciones no siempre producen los mejores refugios.
Quizá por eso sospecho que todos cargamos algun dolor. No necesariamente un trauma. No necesariamente una historia terrible. A veces basta una ausencia, una culpa que nadie nos enseñó a nombrar o la sensación persistente de no haber sido suficientes.
Y, sin embargo, también sospecho otra cosa.
Que esas mismas personas que un día fueron heridas, tarde o temprano terminan hiriendo a alguien. Casi nunca por maldad. Casi siempre porque nadie ofrece al otro una versión de sí mismo que esté completamente libre de fisuras. Amamos desde lo que somos, y también desde lo que nos falta. Consolamos con las manos que alguna vez temblaron. Educamos con las certezas y con los miedos. Nos acercamos al otro llevando, sin querer, el equipaje de nuestra propia historia.
No sé si el daño se hereda. No sé si se transforma o simplemente cambia de forma. Tampoco sé si alguna vez dejaremos de lastimarnos unos a otros.
Lo único que sé es que nunca he conocido a alguien completamente intacto.
Y, curiosamente, esa idea no me vuelve pesimista.
Al contrario.
Me recuerda que detrás de casi toda dureza hay una herida que aprendió a defenderse. Que detrás de muchas exigencias vive el miedo. Que detrás de ciertos silencios hay palabras que nunca encontraron un lugar seguro para existir.
Quizá por eso la compasión no consiste en justificarlo todo. Consiste, más bien, en recordar que casi siempre estamos mirando apenas la superficie de una historia cuya parte más importante permanece escondida.
Nadie llega limpio a la vida de otro.
Tal vez la tarea no sea dejar de tener grietas. Tal vez la tarea sea aprender a no convertirlas en armas.
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