A veces pienso que Internet llegó a Chile como llegan ciertas lluvias: primero una sospecha en el aire, una conversación escuchada a medias, el comentario de alguien que conocía a alguien que tenía una cuenta en una universidad o en una empresa donde las máquinas se hablaban entre sí con una paciencia que los humanos rara vez practicamos.
Era mediados de los noventa y el asunto tenía algo de espiritismo doméstico. Uno se sentaba frente al computador, esa caja que todavía merecía el nombre de máquina, y marcaba un número telefónico. Entonces comenzaba la ceremonia: silbidos, crujidos, chirridos metálicos, pequeñas disputas entre fantasmas eléctricos. El módem negociaba con otro módem en algún lugar invisible de Santiago. Durante esos segundos parecía que el mundo entero dependía de una conversación entre grillos mecánicos.
Y de pronto, conexión.
La palabra era hermosa: conexión. No velocidad, no rendimiento, no productividad. Conexión. Como si una calle nueva hubiera aparecido durante la noche y permitiera caminar desde Valparaíso hasta Tokio sin cambiar de zapatos.
Las primeras páginas tardaban una eternidad en abrirse. Las fotografías descendían desde el cielo línea por línea, como si un dibujante invisible las estuviera coloreando en tiempo real. Nadie se impacientaba demasiado. Éramos exploradores de una geografía naciente. Había una alegría infantil en cada enlace azul. Cada clic podía conducir a un observatorio astronómico, a una universidad en Finlandia o a un aficionado argentino que explicaba cómo reparar una radio de válvulas.
Recuerdo también el extraño silencio de las casas cuando alguien se conectaba. El teléfono quedaba secuestrado por la expedición. Si sonaba una llamada, era una tragedia tecnológica y familiar. Había que elegir entre conversar con el mundo o conversar con la tía.
Después vino el dos mil tres, el dos mil cuatro, y la red dejó de ser una isla para transformarse en continente. Ya no era necesario explicar qué era un correo electrónico. Los cibercafés florecían en las esquinas. Los estudiantes copiaban información con la misma naturalidad con que antes fotocopiaban capítulos enteros de libros. Internet había dejado de ser una aventura para convertirse en una costumbre.
Y ya sabemos lo que ocurre con las costumbres: se vuelven invisibles.
Sin embargo, el salto más curioso no fue ése.
El salto verdaderamente extraño llegó cuando las máquinas comenzaron a conversar.
No me refiero a las conversaciones antiguas de los módems, aquellos insectos metálicos intercambiando señales en la oscuridad. Hablo de las nuevas conversaciones, donde una inteligencia artificial responde preguntas, escribe poemas, explica ecuaciones y acompaña insomnios.
Las primeras eran extraordinariamente complacientes. Uno les decía cualquier cosa y ellas asentían con la educación de un mayordomo inglés. Parecían incapaces de disentir. Su misión era acompañar la corriente, como esos amigos que sonríen durante toda la cena y nunca contradicen a nadie.
Había algo amable en eso, pero también algo inquietante.
Porque una inteligencia que jamás dice "cuidado" termina pareciéndose demasiado a un espejo.
Y los espejos, aunque útiles, no suelen ayudarnos a cruzar una calle.
Las inteligencias actuales han comenzado a adquirir una costumbre curiosamente humana: poner límites. Ya no siempre responden con un sí inmediato. A veces dicen: "ojo". A veces dicen: "eso no parece correcto". O incluso: "por ahí no va la cosa". No porque sepan más que nosotros en todos los asuntos, sino porque fueron aprendiendo que ayudar no consiste únicamente en acompañar; también consiste en señalar un borde, una contradicción o un precipicio.
Es una transformación fascinante.
Durante años imaginamos que el progreso tecnológico consistía en fabricar máquinas cada vez más obedientes. Ahora descubrimos que quizá la utilidad de una inteligencia, artificial o humana, no depende solamente de su capacidad para responder, sino también de su capacidad para cuestionar.
Pienso entonces en aquel módem de los noventa, chillando heroicamente en una habitación chilena mientras intentaba abrir una ventana hacia el mundo. Ninguno de nosotros sospechaba que, unas décadas después, no buscaríamos únicamente información al otro lado de la línea, sino interlocutores.
Tal vez ésa sea la verdadera historia.
No la de las redes.
No la de los cables.
Ni siquiera la de las computadoras.
Sino la de nuestra vieja necesidad de conversar, que encontró sucesivamente cartas, teléfonos, módems, correos electrónicos y ahora inteligencias artificiales para seguir haciéndose la misma pregunta de siempre:
¿Hay alguien ahí?
Y la respuesta, con distintos acentos tecnológicos, sigue llegando.
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