Hay una superstición bastante extendida: la de creer que hemos venido a dejar una huella. Como si la vida necesitara de nosotros una firma legible al pie de una página que seguirá escribiéndose cuando ya no estemos. Tal vez por eso nos inquieta tanto la idea de pasar inadvertidos, de no haber dicho la frase definitiva, de no haber inventado el gesto que cambie el curso de las cosas. Pero sospecho que la trascendencia es un oficio demasiado grande para tan poca vida. Hay una tranquilidad extraña en aceptar que casi todo lo que creemos descubrir ya había empezado a respirarse en otra parte. Una intuición que alguien anotó hace tres siglos en un margen olvidado. Una teoría que un desconocido está formulando ahora mismo, al otro lado del mundo, con palabras distintas y la misma sorpresa. Incluso nuestros pensamientos más íntimos parecen pertenecer a una conversación antigua que nunca terminó. Eso no disminuye el valor de pensar. Al contrario. Lo vuelve más humano. Porque quizá la novedad n...
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