Sigo pensando en una palabra tan quieta que casi no se deja pensar: sosiego. Es una de esas palabras que parecen haber aprendido a respirar despacio. Después descubrí que quizá venga de la vieja costumbre de sentarse, de asentarse, de dejar que el cuerpo encuentre por fin un lugar donde no tenga que defenderse del mundo. Me gustó imaginar que la calma no es otra cosa que el alma sentándose después de caminar demasiado.
En cambio, el arrobo hace exactamente lo contrario. No se sienta; se levanta. Viene de ser arrebatado, llevado lejos de uno mismo. Hay personas, músicas o paisajes que nos hacen ese pequeño secuestro sin pedir rescate. Salimos de nosotros y, curiosamente, volvemos un poco más parecidos a quienes éramos.
Pensé entonces que casi todas las palabras con las que intentamos describir a una persona nacieron hablando de otra cosa. Decimos que alguien es superficial como si fuera un estanque donde apenas se moja la punta de un dedo. Decimos profundo como si la inteligencia fuera un pozo. Decimos que alguien tiene peso, altura moral, fundamento, solidez. Hablamos del alma con el lenguaje de las piedras, del agua y de la gravedad. Como si todavía no hubiéramos inventado un idioma propio para lo invisible.
Tal vez nunca lo inventemos.
Porque quizá la identidad tampoco sea una cosa. Nos gusta imaginar que existe un cuarto secreto donde vive nuestro verdadero yo, sentado en una silla esperándonos desde siempre. Pero sospecho que cuando abrimos la puerta no encontramos a nadie; encontramos un mosaico.
Está la persona que uno cree ser, construida con recuerdos que han aprendido a contarse de cierta manera. Está la persona que los demás inventan con los pocos fragmentos que alcanzan a ver. Y está esa otra que aparece según el lugar, como esas figuras de los vitrales que cambian de color dependiendo de dónde cae la luz. Ninguna miente del todo. Ninguna alcanza a decirlo todo.
A veces pienso que somos menos un retrato que una conversación. Una conversación interminable entre esas versiones que rara vez coinciden. Uno despierta convencido de ser alguien y, antes del mediodía, una mirada ajena lo contradice. Por la tarde un recuerdo cambia de sitio una pieza del mosaico. Por la noche, una palabra —sosiego, por ejemplo— reorganiza silenciosamente el dibujo.
Quizá por eso me incomodan las etiquetas. Decir de alguien que es profundo o superficial, interesante o anodino, tiene la misma precisión que describir un bosque mirando una sola hoja. No porque sean palabras falsas, sino porque llegan demasiado pronto. Las personas tardan años en terminar una frase, y nosotros solemos definirlas después del primer renglón.
A lo mejor la identidad no consiste en descubrir quién somos, sino en aprender a sostener todas esas miradas sin que ninguna reclame el monopolio de la verdad. Ser, después de todo, podría parecerse más a un vitral que a un espejo: cada fragmento conserva su color, pero la figura solo aparece cuando la luz decide atravesarlo.
Y quizá el sosiego sea eso. No la certeza de haber encontrado por fin la pieza central del mosaico, sino la tranquilidad de comprender que nunca existió una sola pieza capaz de contenernos por completo.
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