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Mostrando las entradas etiquetadas como reflexiones

Sosiego e identidad

Sigo pensando en una palabra tan quieta que casi no se deja pensar: sosiego. Es una de esas palabras que parecen haber aprendido a respirar despacio. Después descubrí que quizá venga de la vieja costumbre de sentarse, de asentarse, de dejar que el cuerpo encuentre por fin un lugar donde no tenga que defenderse del mundo. Me gustó imaginar que la calma no es otra cosa que el alma sentándose después de caminar demasiado. En cambio, el arrobo hace exactamente lo contrario. No se sienta; se levanta. Viene de ser arrebatado, llevado lejos de uno mismo. Hay personas, músicas o paisajes que nos hacen ese pequeño secuestro sin pedir rescate. Salimos de nosotros y, curiosamente, volvemos un poco más parecidos a quienes éramos. Pensé entonces que casi todas las palabras con las que intentamos describir a una persona nacieron hablando de otra cosa. Decimos que alguien es superficial como si fuera un estanque donde apenas se moja la punta de un dedo. Decimos profundo como si la inteligencia fuera ...

Heridas

Hay una idea que vuelve a mí con una insistencia casi incómoda: no recuerdo haber conocido a una sola persona completamente intacta. Quizá mi oficio tenga algo que ver. Paso los días escuchando historias que pocas veces se cuentan en voz alta. Aprendí que las heridas rara vez llegan con el dramatismo que imaginamos. Algunas tienen el tamaño de una tragedia. Otras caben en un gesto, en una frase dicha a destiempo, en una expectativa que nadie creyó excesiva. Con el tiempo entendí que el dolor no siempre tiene un culpable. He visto hijos que crecieron amados y, aun así, sintieron que nunca alcanzaban la medida de los sueños de sus padres. No porque esos padres fueran crueles. Al contrario. A veces amaban tanto que sin querer convirtieron el amor en una vara imposible de alcanzar. El daño no nació de la intención, sino del peso. Y el peso, cuando se sostiene durante años, también deja marcas. Eso me hizo desconfiar de las explicaciones simples. No creo que la vida se divida entre víctimas...

Palabras y significado

Hay días en que uno sospecha que las palabras saben más de nosotros que nosotros de ellas. Las usamos con la confianza del que toma un colectivo de memoria, sin preguntarse quién trazó el recorrido ni por qué esa calle desemboca exactamente ahí. Entonces aparece la etimología, esa arqueología de bolsillo, y cada palabra deja de ser un ladrillo para volverse un fósil todavía tibio. Pensaba en eso esta mañana. Pensaba en el verbo ser, que usamos con una ligereza casi insolente: "soy esto", "soy aquello", como quien cuelga un cartel en una puerta. Pero el viejo latín decía esse, y antes todavía las raíces indoeuropeas apuntaban a algo parecido a "existir", "estar presente", "tener realidad". Curioso, ¿no? Nunca fue una estatua. Más bien una aparición. Como si ser no consistiera en endurecerse sino en insistir. Tal vez por eso desconfío un poco de las identidades demasiado prolijas. Apenas alguien dice "yo soy así", siento que aca...

¿Qué hago con el tiempo que me tocó?

El otro día me encontré pensando en una palabra rara: vacío. No ese vacío que deja una casa cuando alguien se va, ni el de una taza después del café. Hablo de un vacío mucho más curioso, uno que puede aparecer precisamente cuando todo parece estar lleno. Me explico. Nuestros abuelos, para bien o para mal, recibían muchas respuestas antes incluso de formular las preguntas. La familia decía quién eras. La religión decía por qué estabas aquí. El barrio te enseñaba cómo comportarte. El trabajo, si lo había, parecía durar toda la vida. Era un mundo de caminos angostos, pero visibles. Nosotros heredamos otra cosa. Nos entregaron un mapa completamente en blanco y nos dijeron: "Ahora dibuja el camino que te haga feliz". Suena maravilloso. Y lo es, hasta cierto punto. Pero nadie nos advirtió que un mapa en blanco también puede marear. A veces pienso que vivimos como quien entra a una biblioteca infinita con la obligación de escoger un solo libro. El problema ya no es que nos prohíban ...

Las redes

Mira cómo pasas de una imagen a otra. No hace falta apuro. El dedo ya aprendió solo. Desliza, acepta, olvida. Una cara, un paisaje, una receta, una guerra, un perro que baila, una despedida, una taza de café, un eclipse, otra cara. Todo dura lo mismo: el instante suficiente para que llegue lo siguiente. Hay una forma nueva de mirar que no se parece a mirar. Se parece más a rozar. Como quien pasa la mano por la superficie de un río sin detenerse jamás a descubrir la temperatura del agua. La atención, que antes encontraba un rincón donde sentarse, ahora anda de pie. Va de una ventana a otra con la cortesía de quien no quiere molestar, pero tampoco quedarse. Y uno termina creyendo que ha visto mucho, cuando apenas ha alcanzado a reconocer las siluetas. Tal vez por eso algunas páginas todavía nos desarman. Porque no se dejan deslizar. Obligan a permanecer. Exigen ese pequeño acto de rebeldía que consiste en darle varios minutos a una sola idea, como si el tiempo volviera a ser una conversa...

Libros por leer

Hay tantos libros esperando una mano que los abra como quien empuja apenas una ventana al atardecer. Permanecen en los estantes con esa paciencia mineral que tienen las cosas cuando saben que el tiempo trabaja para ellas. Uno pasa delante, desvía la mirada, promete un mañana que a veces llega disfrazado de invierno, de insomnio o de una tarde demasiado larga. Y entonces ocurre. No porque uno haya elegido el libro, sino porque el libro, cansado de esperar, encuentra la rendija por donde entrar. Basta una frase. Una sola. Después ya no se lee: se recuerda algo que todavía no había sucedido. Las páginas dejan de ser papel y adquieren esa condición extraña de los espejos, donde no aparece la cara sino la versión secreta de quien la sostiene. Tal vez por eso las bibliotecas nunca están en silencio. Hay una conversación diminuta entre los lomos cerrados, una conspiración de palabras que todavía no conocen nuestra voz y, sin embargo, ya la están pronunciando. Nosotros creemos buscar historias...

Con frío o calor

Hace unos días me encontré pensando una de esas tonterías que de pronto dejan de serlo, como cuando uno descubre que una cucharita olvidada en un vaso puede sonar igual que una campana si el silencio está de buen humor. Pensaba en el aire acondicionado. No en la máquina, claro, sino en esa obstinación moderna por fijar la temperatura del mundo en veinticinco grados. Hay una tranquilidad casi religiosa en decidir que el verano no será verano ni el invierno tendrá permiso para ser invierno. Todo permanece igual, domesticado, sin sobresaltos, como una conversación donde nadie levanta la voz porque todos han firmado un acuerdo secreto con la comodidad. Y entonces se me ocurrió que quizá hay dos maneras de vivir. Una consiste precisamente en eso: poner el aire a veinticinco grados y olvidarse del resto. Que el mundo haga lo que quiera detrás de los vidrios. Afuera podrá llover horizontalmente o derretirse el asfalto; aquí adentro el cuerpo nunca tendrá que negociar con nada. Ni frío ni calo...

Entre un tren y el otro

Hay una diferencia absurda entre la vida y la muerte, pero no sé si es una diferencia verdadera o apenas una cuestión de actividad, como esas casas que uno mira desde el tren de noche: en algunas hay luces encendidas, alguien lava platos, alguien bosteza frente a la televisión; en otras no hay nada visible y sin embargo uno no puede asegurar que estén vacías. La vida, quizá, consiste solamente en eso: las luces prendidas. Uno se despierta, se levanta porque hay que levantarse, pone agua a hervir, busca una camisa menos arrugada que las otras, trabaja, come algo a deshora, vuelve. A veces se ríe en medio de una conversación y durante algunos segundos todo parece justificarse; otras veces mira el reloj como quien contempla una condena diminuta e interminable. Pero incluso en los peores días hay movimiento, una especie de zumbido interno. El cuerpo insiste. El hambre insiste. El sueño insiste. Vivir es, sobre todo, esa insistencia. La muerte en cambio parece carecer de voluntad. No hay tr...

Ciudades

Hay ciudades que no se recorren: se insinúan. Uno cree caminar por ellas, pero en realidad son ellas las que, con cierta paciencia irónica, lo van disponiendo a uno en sus ritmos, en sus cortes, en sus continuidades. Pienso en Buenos Aires y en Santiago como en dos formas distintas de una misma pregunta: cómo se organiza la belleza cuando la vida insiste en desordenarla. Buenos Aires, por momentos, parece haber sido soñada de una sola vez. Hay en sus avenidas algo de frase larga, bien puntuadas, donde cada edificio acepta —con mayor o menor dignidad— su lugar en la oración. La ciudad se deja leer. Incluso cuando se descascara, cuando la pintura cede o el tiempo deja ver sus grietas, hay una especie de fidelidad al gesto original. Como si la belleza no dependiera tanto del estado de las cosas, sino de una intención que persiste debajo, terca, casi literaria. Caminarla es entrar en una continuidad: uno avanza y la ciudad, de alguna manera, continúa. Santiago, en cambio, no se deja narrar...

carta a las horas del dia

Querido horario, Hoy comencé a medir el día como quien mide una mesa: con regla, con números, con lápiz y papel, y esa ilusión prolija de que todo cabe en segmentos ordenados. Ocho horas para dormir, ocho para trabajar, dos para ir y venir como un péndulo obediente, y el resto —ese resto— como una migaja donde uno debería vivir. Pero ya sabes cómo son estas cosas: uno empieza sumando y termina restando. Porque el día no se deja dividir tan fácilmente. Las ocho horas de trabajo no son ocho: hay una que se queda pegada en la nuca cuando anochece, otra que se mete en la cena como un invitado sin nombre. Y el sueño, ah, el sueño, ese animal cada vez más flaco, al que le damos cinco horas como quien alimenta a un perro con culpa. Me preguntaba —mientras lavaba un plato que no recordaba haber ensuciado— en qué momento vivir se volvió una tarea doméstica. Cocinar, barrer, doblar, ordenar: pequeñas ceremonias que sostienen el mundo pero que, sumadas, terminan por devorarlo. Uno cree que está l...

carta a los libros que no leí

Me pregunté, con esa torpeza que siempre acompaña a las preguntas que importan poco, por qué en este espacio no hablo de los libros que he leído (o hablo muy poco de ellos). Y enseguida supe que la respuesta no estaba en los libros, ni siquiera en mí, sino en esa obstinada costumbre del tiempo de empujarnos hacia adelante. Los libros leídos son habitaciones cerradas; todavía huelen, sí, pero ya no se transforman. En cambio, los que no he leído —los que ni siquiera sé que existen— respiran como animales invisibles detrás de las paredes. Actualmente mi Instagram no trata de fotos de portadas ni citas subrayadas con una solemnidad que no les pertenece. Porque para mí, lo importante no es lo que fue leído, sino lo que insiste en no serlo todavía. Ahora mismo no tengo ninguna idea. Y decirlo así, sin adornos, tiene algo de alivio. Ninguna idea, ninguna urgencia, ninguna importancia. Como si todo se hubiera retirado un paso, dejándome solo frente a una mesa vacía. Pero en esa falta hay una t...

Encontrar sentido en las rutinas diarias

Hay una forma de tristeza que no duele, porque no viene de una pérdida sino de una desatención. Uno la descubre en los objetos más humildes: una taza mal secada, una silla que ha perdido su lugar exacto, la luz de la tarde cayendo sobre una mesa sin que nadie la espere. A eso, sin que nadie lo haya decretado con solemnidad, algunos le han dado el nombre de kurashi. Pero el nombre tampoco importa demasiado; lo que importa es ese modo de estar en el mundo como si el mundo fuera una casa que hay que habitar con cierta delicadeza. He pensado a veces que la vida no se compone de grandes acontecimientos sino de la manera en que se dobla una camisa, de cómo se abre una ventana, de la paciencia con la que se deja que el agua hierva. Hay una literatura secreta en esos gestos, una escritura que no necesita palabras porque se entiende con el cuerpo. El problema es que solemos creer que lo importante ocurre lejos de lo cotidiano, como si la existencia fuera una serie de incendios o revelaciones. Y...

carta a escuchar música

No es lo mismo —aunque a veces lo olvidemos con una facilidad que asusta— dejar que la música ocurra, que ir a buscarla. No es lo mismo, por ejemplo, ese gesto mínimo, casi distraído, de aceptar lo que un dispositivo decide por uno —como si la música fuese lluvia y nosotros simples transeúntes sin paraguas—, que el acto un poco ceremonioso, un poco inútil y por eso mismo profundamente humano, de elegir un disco. Porque poner un disco —no siempre, pero a veces— se parece a encender una pequeña lámpara en medio de la casa. Hay una preparación, una antesala: la duda frente a los estantes, la yema de los dedos recorriendo los lomos como si fueran espinas dorsales de viejos amigos, la elección que no es nunca del todo inocente. ¿Por qué ese disco y no otro? ¿Por qué hoy? Uno podría decir que es capricho, pero hay días en que esa elección se parece demasiado a una confesión. En cambio, cuando la música llega sola —recomendada, calculada, deslizada en nuestros oídos con una eficacia casi clín...

carta a la democracia

Carta a la democracia que se tambalea Querida democracia, No sé si te llamo por tu nombre real o por el que te dieron los libros de historia, esos que guardamos en estantes polvorientos y que a veces usamos para recordar que hubo otra manera de ser. Hoy te miro con una mezcla de cariño y miedo, porque te he visto caminar sobre tres patas que alguna vez parecían iguales: elecciones, libertades y límites al poder. Pero algo curioso ocurre. Siempre hay dos que se mantienen firmes —elecciones que celebramos como fiestas de papel, libertades que se agitan como banderas— y mientras lo hacen, sin proponérselo, van carcomiendo la tercera. Los límites al poder se diluyen en decretos legales, mayorías aplastantes, discursos inflamados que convencen a la multitud de que todo lo que se hace es por tu bien. Y tú, democracia, no desapareces: sigues presente, sigues siendo reconocible, pero cada día un poco más frágil. Me pregunto si alguien te ha explicado que la democracia no es solo un acto de con...

sobre los recuerdos y las verdades personales

Querido o queride, Hay una distancia difícil de nombrar entre dos personas que recuerdan lo mismo de maneras distintas. No es geográfica ni temporal: es una distancia silenciosa donde cada uno guarda su propia versión del mundo. Lo vivido se separa apenas ocurre y se vuelve recuerdo, y en ese gesto ya deja de ser común. Cada memoria se ordena según lo que logró guardar, lo que importó, lo que se pudo entender en ese momento. No importa demasiado lo que haya pasado en realidad. Sin un registro que lo sostenga, la llamada verdad objetiva se vuelve frágil, casi decorativa. Lo que queda es lo que cada uno recuerda, y ese recuerdo es una forma de realidad personal: firme, íntima, imposible de discutir sin romper algo. Desde ahí miramos al otro, desde ahí nos explicamos, nos defendemos, nos contamos. Tal vez por eso a veces parece que hablamos de escenas distintas, aunque hayamos estado en el mismo lugar. No es olvido ni mala fe: es identidad. Somos, en gran parte, la suma de esos recuerdos ...

sobre saber vivir

Querido amigo en esta búsqueda, En cierto momento descubrí que no se puede —o que es muy difícil— mejorar el mundo. Pero lo que sí es posible mejorar es mi mundo: mi lugar, mis días y mis momentos, aquello que me rodea. O, en palabras simples, vivir bien a mi propia medida. Vivir bien no requiere grandes secretos, sino pequeñas fidelidades: a uno mismo, a lo que nos hace bien, a los vínculos auténticos. El arte de saber vivir consiste en estar presente, sin nostalgia por el pasado ni ansiedad por el futuro. Es cultivar la atención, agradecer sin prisa y permitir que la vida sea algo más que una carrera: una danza, una contemplación, una siembra. Los antiguos lo sabían: la felicidad no estaba en el lujo, sino en la medida. No en tener más, sino en necesitar menos. Saber vivir es, en definitiva, un ejercicio de libertad interior. Saber vivir no es simplemente sobrevivir, ni mucho menos acumular experiencias, posesiones o logros. Es un arte que implica equilibrio, consciencia y una cierta...

sobre redes y márgenes

Querido hermano en el scroll infinito: Las redes sociales hoy son redes individuales. Ya no conectan personas: ofrecen distracción, seguidores y propaganda. Entre dos amigos se cuelan tres anuncios; luego aparecen diez desconocidos, y después —si hay suerte— otra cuenta conocida, aunque lo más probable es que vuelvan los anuncios, obedientes, puntuales. La red está llena de ruido. Y no de cualquier ruido, sino de ese que el algoritmo sabe que te gusta, o que sospecha que necesitas. Uno entra buscando una voz y sale con un eco que se parece demasiado a la propia. El sistema, solícito como un mayordomo indiscreto, aprende rápido: toma nota de lo que miramos de reojo, de lo que dejamos correr, de aquello que nos detiene un segundo más de lo necesario. Entonces nos lo devuelve multiplicado, barnizado de novedad, para que creamos que seguimos descubriendo algo cuando en realidad estamos dando vueltas dentro del mismo cuarto. Antes la sorpresa venía del otro; ahora viene del cálculo. La red ...

Sobre límites e incomodidades

Carta sobre los límites, escrita desde una mesa que no discute Querido —o queride— lector: Hay ideas que no se piensan sentadas en una silla firme, sino apoyadas en el borde de la cama, cuando uno ya decidió no llamar y tampoco explicarse. Esta es una de esas. Nos han enseñado —con una pedagogía amable y una violencia persistente— que el amor consiste en soportar. Que la madurez es un músculo que se ejercita tragando humo ajeno, sobremesas eternas, familias que opinan como si fueran dueñas del cuerpo que uno habita. Nos dijeron que irse es fácil, que quedarse es noble, que la incomodidad pule el carácter. Y uno, obediente, intenta. Pero hay fricciones que no enseñan nada. No hablo de los desacuerdos vivos, de las discusiones que abren ventanas, de las diferencias que hacen pensar. Hablo de esas otras cosas que algunos pueden transar y otros no: el cigarrillo que nunca es uno solo, la madre que entra sin tocar, la costumbre que se instala como un mueble mal puesto y obliga a caminar de ...

Carta al cambio social vivido

Querido lector  —o quien sea que haya abierto este sobre sin remitente—: Nací en 1976, en un Chile que ya venía hablando en voz baja. No lo recuerdo, claro, pero hay recuerdos que no son de uno sino del aire, de las paredes, del modo en que los adultos cerraban las ventanas antes de decir ciertas palabras. Es curioso cómo uno puede crecer dentro de una frase inconclusa. Mi infancia ocurrió frente a una televisión que era casi un altar doméstico. Los sábados, el país entero parecía sentarse en el mismo sillón. Sábado Gigante no era solo un programa: era una tregua, una pausa donde la risa venía envasada y autorizada. Mientras tanto, la calle —esa vieja escuela del encuentro— se iba quedando vacía, como si alguien hubiera cambiado el escenario sin avisar. Ya no se conversaba en la vereda: se comentaba el programa del día anterior. Aprendí temprano que la casa era un mundo cerrado y que el mundo, a su vez, estaba lejos. Mi madre —como tantas— empezó siendo el centro invisible del hoga...

El paradigma del progreso infinito

1. El paradigma Podríamos llamarlo, simplificando: Paradigma tecno-progresista (o fe en la adaptación tecnológica) Su idea central es: La humanidad siempre enfrenta límites. Esos límites generan crisis. La tecnología encuentra soluciones. El progreso continúa. Históricamente, tiene razón muchas veces: Hambre → revolución agrícola Enfermedades → vacunas y antibióticos Escasez energética → nuevas fuentes Distancias → transporte y comunicación Desde este punto de vista, ser optimista no es ingenuo, es empírico. 2. Por qué este paradigma es tan convincente Porque se apoya en tres hechos reales: a) La historia muestra adaptación La especie no solo sobrevive, sino que transforma su entorno. Eso es indiscutible. b) La tecnología avanza más rápido que antes IA, biotecnología, energías nuevas: nunca hubo tanta capacidad técnica acumulada. c) El colapso total nunca ocurrió Hubo colapsos locales, imperios que cayeron, pero la humanidad siguió. Hasta acá, el paradigma no es irracional. 3. El punto...