Sigo pensando en una palabra tan quieta que casi no se deja pensar: sosiego. Es una de esas palabras que parecen haber aprendido a respirar despacio. Después descubrí que quizá venga de la vieja costumbre de sentarse, de asentarse, de dejar que el cuerpo encuentre por fin un lugar donde no tenga que defenderse del mundo. Me gustó imaginar que la calma no es otra cosa que el alma sentándose después de caminar demasiado. En cambio, el arrobo hace exactamente lo contrario. No se sienta; se levanta. Viene de ser arrebatado, llevado lejos de uno mismo. Hay personas, músicas o paisajes que nos hacen ese pequeño secuestro sin pedir rescate. Salimos de nosotros y, curiosamente, volvemos un poco más parecidos a quienes éramos. Pensé entonces que casi todas las palabras con las que intentamos describir a una persona nacieron hablando de otra cosa. Decimos que alguien es superficial como si fuera un estanque donde apenas se moja la punta de un dedo. Decimos profundo como si la inteligencia fuera ...
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