Carta a la democracia que se tambalea
Querida democracia,
No sé si te llamo por tu nombre real o por el que te dieron los libros de historia, esos que guardamos en estantes polvorientos y que a veces usamos para recordar que hubo otra manera de ser. Hoy te miro con una mezcla de cariño y miedo, porque te he visto caminar sobre tres patas que alguna vez parecían iguales: elecciones, libertades y límites al poder.
Pero algo curioso ocurre. Siempre hay dos que se mantienen firmes —elecciones que celebramos como fiestas de papel, libertades que se agitan como banderas— y mientras lo hacen, sin proponérselo, van carcomiendo la tercera. Los límites al poder se diluyen en decretos legales, mayorías aplastantes, discursos inflamados que convencen a la multitud de que todo lo que se hace es por tu bien. Y tú, democracia, no desapareces: sigues presente, sigues siendo reconocible, pero cada día un poco más frágil.
Me pregunto si alguien te ha explicado que la democracia no es solo un acto de contar votos ni un catálogo de libertades civiles; que también es un equilibrio, un andamio invisible que sostiene la convivencia. Y sin embargo, allí estás, caminando, mientras dos de tus patas a veces deciden que pueden vivir sin la tercera, y lo hacen con tanta naturalidad que nadie grita traición.
Tal vez es tu destino ser contradictoria, o tal vez es nuestra culpa, la de quienes creemos que mientras se cumpla la forma, la esencia se mantiene intacta. Pero yo te escribo porque quiero recordarte: aún cuando las elecciones y las libertades sigan su danza, los límites son tu corazón. Sin ellos, las otras dos se vuelven solo un espectáculo de luces sobre un escenario vacío.
No desapareces, democracia, pero te tambaleas. Y yo, desde esta carta que no cambiará el mundo pero tal vez te haga pensar, me atrevo a pedirte que recuerdes quién eres, más allá de la legalidad y de la mayoría, más allá de la fiesta de los votos y la algarabía de las libertades celebradas.
Con un poco de miedo y mucho de afecto,
Alguien que te observa.
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