Querido o queride,
Hay una distancia difícil de nombrar entre dos personas que recuerdan lo mismo de maneras distintas. No es geográfica ni temporal: es una distancia silenciosa donde cada uno guarda su propia versión del mundo. Lo vivido se separa apenas ocurre y se vuelve recuerdo, y en ese gesto ya deja de ser común. Cada memoria se ordena según lo que logró guardar, lo que importó, lo que se pudo entender en ese momento.
No importa demasiado lo que haya pasado en realidad. Sin un registro que lo sostenga, la llamada verdad objetiva se vuelve frágil, casi decorativa. Lo que queda es lo que cada uno recuerda, y ese recuerdo es una forma de realidad personal: firme, íntima, imposible de discutir sin romper algo. Desde ahí miramos al otro, desde ahí nos explicamos, nos defendemos, nos contamos.
Tal vez por eso a veces parece que hablamos de escenas distintas, aunque hayamos estado en el mismo lugar. No es olvido ni mala fe: es identidad. Somos, en gran parte, la suma de esos recuerdos que nadie más puede corregir. Y en esa distancia —inevitable, invisible— aprendemos a convivir, o a separarnos, aceptando que no hay una sola historia, sino dos verdades caminando en paralelo.
A.P.
Comentarios
Publicar un comentario