Carta sobre los límites, escrita desde una mesa que no discute
Querido —o queride— lector:
Hay ideas que no se piensan sentadas en una silla firme, sino apoyadas en el borde de la cama, cuando uno ya decidió no llamar y tampoco explicarse. Esta es una de esas.
Nos han enseñado —con una pedagogía amable y una violencia persistente— que el amor consiste en soportar. Que la madurez es un músculo que se ejercita tragando humo ajeno, sobremesas eternas, familias que opinan como si fueran dueñas del cuerpo que uno habita. Nos dijeron que irse es fácil, que quedarse es noble, que la incomodidad pule el carácter. Y uno, obediente, intenta.
Pero hay fricciones que no enseñan nada.
No hablo de los desacuerdos vivos, de las discusiones que abren ventanas, de las diferencias que hacen pensar. Hablo de esas otras cosas que algunos pueden transar y otros no: el cigarrillo que nunca es uno solo, la madre que entra sin tocar, la costumbre que se instala como un mueble mal puesto y obliga a caminar de lado toda la vida. Cosas pequeñas, dicen. Detalles. Y sin embargo, el alma se va encogiendo como una camisa lavada en agua demasiado caliente.
Entonces alguien decide no entrar en esa casa. Decide amar a esa persona, y aún así seguir otro camino. Decide no exponerse a un desgaste. Y el mundo —ese tribunal invisible que no paga alquiler— levanta una ceja.
“Qué exagerado.” “Eso se habla.” “El amor verdadero no pone condiciones.”
Como si poner un límite fuera un delito menor.
Como si elegir la paz fuera una forma elegante del egoísmo.
Pero nadie parece preguntarse algo elemental:
¿por qué habría de ser moral vivir en una incomodidad que ya se conoce y no se puede amar?
No todo lo tolerable es habitable.
No todo lo comprensible es convivible.
Uno puede entender perfectamente por qué alguien fuma, por qué una familia es así, por qué ciertas dinámicas existen desde siempre. Comprender no obliga a quedarse. Comprender no firma contratos. Comprender no exige sacrificar la salud mental en nombre de una épica doméstica.
Hay personas que pueden vivir ahí sin romperse. Bien por ellas. Otras no. Y eso no es una falla: es un dato.
Lo curioso es que el juicio casi nunca viene de los que viven en paz, sino de los que aprendieron a llamar “amor” a su propio cansancio. Hay una necesidad secreta de que todos soporten lo mismo, porque si alguien se va, deja en evidencia que tal vez no era obligatorio quedarse.
Y entonces se acusa al que elige: de rígido, de inmaduro, de poco profundo. Nunca de lúcido.
Pero irse también es una forma de ética.
Evitar también es una forma de cuidado.
Decir “esto no” puede ser más honesto que quedarse negociando la propia erosión.
No todo límite es miedo.
No toda renuncia es crecimiento.
A veces, quedarse es lo fácil, porque evita el ruido de la desaprobación.
Yo sospecho que una vida bien vivida no es la que acumula sacrificios, sino la que sabe cuáles no necesita. Y que el amor —si vale algo— no debería exigir que uno se vuelva más pequeño para caber.
Te escribo esto no para convencerte, sino para dejar constancia. Como quien pone una nota dentro de un libro que quizá alguien encuentre años después y diga: “Ah, no estaba loco. Solo estaba eligiendo”.
Con afecto y sin humo,
—alguien que aprendió a cerrar puertas sin dar portazos,
A.P.
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