Querido hermano en el scroll infinito:
Ya no conectan personas: ofrecen distracción, seguidores y propaganda.
Entre dos amigos se cuelan tres anuncios; luego aparecen diez desconocidos, y después —si hay suerte— otra cuenta conocida, aunque lo más probable es que vuelvan los anuncios, obedientes, puntuales.
La red está llena de ruido. Y no de cualquier ruido, sino de ese que el algoritmo sabe que te gusta, o que sospecha que necesitas.
Uno entra buscando una voz y sale con un eco que se parece demasiado a la propia. El sistema, solícito como un mayordomo indiscreto, aprende rápido: toma nota de lo que miramos de reojo, de lo que dejamos correr, de aquello que nos detiene un segundo más de lo necesario. Entonces nos lo devuelve multiplicado, barnizado de novedad, para que creamos que seguimos descubriendo algo cuando en realidad estamos dando vueltas dentro del mismo cuarto.
Antes la sorpresa venía del otro; ahora viene del cálculo. La red no pregunta, predice. No escucha, anticipa. Y en ese gesto sutil va reemplazando el encuentro por la confirmación. Ya no dialogamos: nos reflejamos. Cada pantalla es un pequeño espejo portátil donde el yo se desplaza infinitamente, convencido de estar viajando.
Así, rodeados de estímulos, empezamos a extrañar el silencio sin saberlo. Extrañamos la pausa incómoda, el desacuerdo fértil, la frase que no estaba pensada para gustarnos. Extrañamos al otro en su aspereza. Porque la red, tan eficiente en mantenernos atentos, se ha vuelto torpemente incapaz de conectarnos.
Tal vez por eso, a veces, cerrar la aplicación se parece un poco a salir a la calle después de una película larga: los colores son menos intensos, pero el aire es real. Y en algún punto, entre la torpeza y la incertidumbre, vuelve a aparecer la posibilidad más antigua y más revolucionaria de todas: encontrarse sin haber sido sugeridos.
Entonces, ¿por qué mantener cierta presencia y constancia en ellas?, ¿por qué persistir a pesar de lo anterior?
No es por nostalgia ni por ingenuidad. Es, quizá, por una forma menor de terquedad, esa que no hace ruido pero insiste.
Porque aunque seamos pocos, todavía queda disponible una conexión real, a veces, entre tanto estruendo. Aparece de manera lateral, casi por descuido: en un comentario que no busca convencer, en una frase leída a destiempo, en un intercambio breve que no aspira a volverse tendencia. Dura poco, es frágil, pero alcanza. Basta.
Persisto porque aún es posible reconocer al otro cuando escribe sin optimizarse, cuando no traduce su voz al idioma del algoritmo. Porque, de vez en cuando, alguien deja una ventanita abierta y por ahí se filtra algo vivo: una duda, una memoria, una risa que no estaba programada.
Tal vez se trata de eso: de permanecer en el margen. De usar la red sin creerle del todo. De quedarse no para amplificarse, sino para escuchar, atentos a ese instante improbable en que el ruido se suspende y, como un guiño secreto, alguien responde desde el otro lado sin haber sido sugerido.
A. P.
Comentarios
Publicar un comentario