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Heridas

Hay una idea que vuelve a mí con una insistencia casi incómoda: no recuerdo haber conocido a una sola persona completamente intacta. Quizá mi oficio tenga algo que ver. Paso los días escuchando historias que pocas veces se cuentan en voz alta. Aprendí que las heridas rara vez llegan con el dramatismo que imaginamos. Algunas tienen el tamaño de una tragedia. Otras caben en un gesto, en una frase dicha a destiempo, en una expectativa que nadie creyó excesiva. Con el tiempo entendí que el dolor no siempre tiene un culpable. He visto hijos que crecieron amados y, aun así, sintieron que nunca alcanzaban la medida de los sueños de sus padres. No porque esos padres fueran crueles. Al contrario. A veces amaban tanto que sin querer convirtieron el amor en una vara imposible de alcanzar. El daño no nació de la intención, sino del peso. Y el peso, cuando se sostiene durante años, también deja marcas. Eso me hizo desconfiar de las explicaciones simples. No creo que la vida se divida entre víctimas...

Palabras y significado

Hay días en que uno sospecha que las palabras saben más de nosotros que nosotros de ellas. Las usamos con la confianza del que toma un colectivo de memoria, sin preguntarse quién trazó el recorrido ni por qué esa calle desemboca exactamente ahí. Entonces aparece la etimología, esa arqueología de bolsillo, y cada palabra deja de ser un ladrillo para volverse un fósil todavía tibio. Pensaba en eso esta mañana. Pensaba en el verbo ser, que usamos con una ligereza casi insolente: "soy esto", "soy aquello", como quien cuelga un cartel en una puerta. Pero el viejo latín decía esse, y antes todavía las raíces indoeuropeas apuntaban a algo parecido a "existir", "estar presente", "tener realidad". Curioso, ¿no? Nunca fue una estatua. Más bien una aparición. Como si ser no consistiera en endurecerse sino en insistir. Tal vez por eso desconfío un poco de las identidades demasiado prolijas. Apenas alguien dice "yo soy así", siento que aca...

¿Qué hago con el tiempo que me tocó?

El otro día me encontré pensando en una palabra rara: vacío. No ese vacío que deja una casa cuando alguien se va, ni el de una taza después del café. Hablo de un vacío mucho más curioso, uno que puede aparecer precisamente cuando todo parece estar lleno. Me explico. Nuestros abuelos, para bien o para mal, recibían muchas respuestas antes incluso de formular las preguntas. La familia decía quién eras. La religión decía por qué estabas aquí. El barrio te enseñaba cómo comportarte. El trabajo, si lo había, parecía durar toda la vida. Era un mundo de caminos angostos, pero visibles. Nosotros heredamos otra cosa. Nos entregaron un mapa completamente en blanco y nos dijeron: "Ahora dibuja el camino que te haga feliz". Suena maravilloso. Y lo es, hasta cierto punto. Pero nadie nos advirtió que un mapa en blanco también puede marear. A veces pienso que vivimos como quien entra a una biblioteca infinita con la obligación de escoger un solo libro. El problema ya no es que nos prohíban ...

Las redes

Mira cómo pasas de una imagen a otra. No hace falta apuro. El dedo ya aprendió solo. Desliza, acepta, olvida. Una cara, un paisaje, una receta, una guerra, un perro que baila, una despedida, una taza de café, un eclipse, otra cara. Todo dura lo mismo: el instante suficiente para que llegue lo siguiente. Hay una forma nueva de mirar que no se parece a mirar. Se parece más a rozar. Como quien pasa la mano por la superficie de un río sin detenerse jamás a descubrir la temperatura del agua. La atención, que antes encontraba un rincón donde sentarse, ahora anda de pie. Va de una ventana a otra con la cortesía de quien no quiere molestar, pero tampoco quedarse. Y uno termina creyendo que ha visto mucho, cuando apenas ha alcanzado a reconocer las siluetas. Tal vez por eso algunas páginas todavía nos desarman. Porque no se dejan deslizar. Obligan a permanecer. Exigen ese pequeño acto de rebeldía que consiste en darle varios minutos a una sola idea, como si el tiempo volviera a ser una conversa...

Libros por leer

Hay tantos libros esperando una mano que los abra como quien empuja apenas una ventana al atardecer. Permanecen en los estantes con esa paciencia mineral que tienen las cosas cuando saben que el tiempo trabaja para ellas. Uno pasa delante, desvía la mirada, promete un mañana que a veces llega disfrazado de invierno, de insomnio o de una tarde demasiado larga. Y entonces ocurre. No porque uno haya elegido el libro, sino porque el libro, cansado de esperar, encuentra la rendija por donde entrar. Basta una frase. Una sola. Después ya no se lee: se recuerda algo que todavía no había sucedido. Las páginas dejan de ser papel y adquieren esa condición extraña de los espejos, donde no aparece la cara sino la versión secreta de quien la sostiene. Tal vez por eso las bibliotecas nunca están en silencio. Hay una conversación diminuta entre los lomos cerrados, una conspiración de palabras que todavía no conocen nuestra voz y, sin embargo, ya la están pronunciando. Nosotros creemos buscar historias...

Trascender

Hay una superstición bastante extendida: la de creer que hemos venido a dejar una huella. Como si la vida necesitara de nosotros una firma legible al pie de una página que seguirá escribiéndose cuando ya no estemos. Tal vez por eso nos inquieta tanto la idea de pasar inadvertidos, de no haber dicho la frase definitiva, de no haber inventado el gesto que cambie el curso de las cosas. Pero sospecho que la trascendencia es un oficio demasiado grande para tan poca vida. Hay una tranquilidad extraña en aceptar que casi todo lo que creemos descubrir ya había empezado a respirarse en otra parte. Una intuición que alguien anotó hace tres siglos en un margen olvidado. Una teoría que un desconocido está formulando ahora mismo, al otro lado del mundo, con palabras distintas y la misma sorpresa. Incluso nuestros pensamientos más íntimos parecen pertenecer a una conversación antigua que nunca terminó. Eso no disminuye el valor de pensar. Al contrario. Lo vuelve más humano. Porque quizá la novedad n...

Breve inventario al frío

El invierno tiene una virtud que el verano jamás entenderá: obliga a la inteligencia. Cuando hace calor uno apenas se deja caer bajo una sombra y listo. El frío, en cambio, exige estrategia. Es un juego antiguo entre el cuerpo y el mundo, una partida de ajedrez donde cada movimiento cuenta. Por ejemplo, la manta. O el poncho, que viene a ser la manta cuando decidió salir a caminar. Ninguno ganó jamás un concurso de elegancia. Son democráticos: convierten en una misma figura al profesor, al poeta, al abuelo y al muchacho que juraba no parecerse nunca a su abuelo. Debajo de una manta desaparece el prestigio y queda solamente un mamífero intentando conservar el calor. Me parece una lección bastante saludable. Después están las capas. Hay una sabiduría geológica en vestirse por capas. La primera es la conversación privada con el cuerpo: la térmica, discreta, casi secreta. La segunda ya negocia con el clima. La tercera es para cuando el invierno ha decidido ponerse solemne. Quitarse una cap...