Hay una idea que vuelve a mí con una insistencia casi incómoda: no recuerdo haber conocido a una sola persona completamente intacta. Quizá mi oficio tenga algo que ver. Paso los días escuchando historias que pocas veces se cuentan en voz alta. Aprendí que las heridas rara vez llegan con el dramatismo que imaginamos. Algunas tienen el tamaño de una tragedia. Otras caben en un gesto, en una frase dicha a destiempo, en una expectativa que nadie creyó excesiva. Con el tiempo entendí que el dolor no siempre tiene un culpable. He visto hijos que crecieron amados y, aun así, sintieron que nunca alcanzaban la medida de los sueños de sus padres. No porque esos padres fueran crueles. Al contrario. A veces amaban tanto que sin querer convirtieron el amor en una vara imposible de alcanzar. El daño no nació de la intención, sino del peso. Y el peso, cuando se sostiene durante años, también deja marcas. Eso me hizo desconfiar de las explicaciones simples. No creo que la vida se divida entre víctimas...
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