Mira cómo pasas de una imagen a otra. No hace falta apuro. El dedo ya aprendió solo. Desliza, acepta, olvida. Una cara, un paisaje, una receta, una guerra, un perro que baila, una despedida, una taza de café, un eclipse, otra cara. Todo dura lo mismo: el instante suficiente para que llegue lo siguiente. Hay una forma nueva de mirar que no se parece a mirar. Se parece más a rozar. Como quien pasa la mano por la superficie de un río sin detenerse jamás a descubrir la temperatura del agua. La atención, que antes encontraba un rincón donde sentarse, ahora anda de pie. Va de una ventana a otra con la cortesía de quien no quiere molestar, pero tampoco quedarse. Y uno termina creyendo que ha visto mucho, cuando apenas ha alcanzado a reconocer las siluetas. Tal vez por eso algunas páginas todavía nos desarman. Porque no se dejan deslizar. Obligan a permanecer. Exigen ese pequeño acto de rebeldía que consiste en darle varios minutos a una sola idea, como si el tiempo volviera a ser una conversa...
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