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Libros por leer

Hay tantos libros esperando una mano que los abra como quien empuja apenas una ventana al atardecer. Permanecen en los estantes con esa paciencia mineral que tienen las cosas cuando saben que el tiempo trabaja para ellas. Uno pasa delante, desvía la mirada, promete un mañana que a veces llega disfrazado de invierno, de insomnio o de una tarde demasiado larga. Y entonces ocurre. No porque uno haya elegido el libro, sino porque el libro, cansado de esperar, encuentra la rendija por donde entrar. Basta una frase. Una sola. Después ya no se lee: se recuerda algo que todavía no había sucedido. Las páginas dejan de ser papel y adquieren esa condición extraña de los espejos, donde no aparece la cara sino la versión secreta de quien la sostiene. Tal vez por eso las bibliotecas nunca están en silencio. Hay una conversación diminuta entre los lomos cerrados, una conspiración de palabras que todavía no conocen nuestra voz y, sin embargo, ya la están pronunciando. Nosotros creemos buscar historias...

Trascender

Hay una superstición bastante extendida: la de creer que hemos venido a dejar una huella. Como si la vida necesitara de nosotros una firma legible al pie de una página que seguirá escribiéndose cuando ya no estemos. Tal vez por eso nos inquieta tanto la idea de pasar inadvertidos, de no haber dicho la frase definitiva, de no haber inventado el gesto que cambie el curso de las cosas. Pero sospecho que la trascendencia es un oficio demasiado grande para tan poca vida. Hay una tranquilidad extraña en aceptar que casi todo lo que creemos descubrir ya había empezado a respirarse en otra parte. Una intuición que alguien anotó hace tres siglos en un margen olvidado. Una teoría que un desconocido está formulando ahora mismo, al otro lado del mundo, con palabras distintas y la misma sorpresa. Incluso nuestros pensamientos más íntimos parecen pertenecer a una conversación antigua que nunca terminó. Eso no disminuye el valor de pensar. Al contrario. Lo vuelve más humano. Porque quizá la novedad n...

Breve inventario al frío

El invierno tiene una virtud que el verano jamás entenderá: obliga a la inteligencia. Cuando hace calor uno apenas se deja caer bajo una sombra y listo. El frío, en cambio, exige estrategia. Es un juego antiguo entre el cuerpo y el mundo, una partida de ajedrez donde cada movimiento cuenta. Por ejemplo, la manta. O el poncho, que viene a ser la manta cuando decidió salir a caminar. Ninguno ganó jamás un concurso de elegancia. Son democráticos: convierten en una misma figura al profesor, al poeta, al abuelo y al muchacho que juraba no parecerse nunca a su abuelo. Debajo de una manta desaparece el prestigio y queda solamente un mamífero intentando conservar el calor. Me parece una lección bastante saludable. Después están las capas. Hay una sabiduría geológica en vestirse por capas. La primera es la conversación privada con el cuerpo: la térmica, discreta, casi secreta. La segunda ya negocia con el clima. La tercera es para cuando el invierno ha decidido ponerse solemne. Quitarse una cap...

Con frío o calor

Hace unos días me encontré pensando una de esas tonterías que de pronto dejan de serlo, como cuando uno descubre que una cucharita olvidada en un vaso puede sonar igual que una campana si el silencio está de buen humor. Pensaba en el aire acondicionado. No en la máquina, claro, sino en esa obstinación moderna por fijar la temperatura del mundo en veinticinco grados. Hay una tranquilidad casi religiosa en decidir que el verano no será verano ni el invierno tendrá permiso para ser invierno. Todo permanece igual, domesticado, sin sobresaltos, como una conversación donde nadie levanta la voz porque todos han firmado un acuerdo secreto con la comodidad. Y entonces se me ocurrió que quizá hay dos maneras de vivir. Una consiste precisamente en eso: poner el aire a veinticinco grados y olvidarse del resto. Que el mundo haga lo que quiera detrás de los vidrios. Afuera podrá llover horizontalmente o derretirse el asfalto; aquí adentro el cuerpo nunca tendrá que negociar con nada. Ni frío ni calo...

compañero en borradores

Hay una superstición bastante extendida entre quienes escribimos. Consiste en creer que cada página debe justificar nuestra existencia, como si cada párrafo estuviera obligado a demostrar que no nos equivocamos al sentarnos frente a la mesa. Es una superstición fatigosa, porque convierte la escritura en examen y al escritor en vigilante de sí mismo. Con los años uno descubre algo menos brillante pero más útil: a veces se escriben cosas malas. No hablo de esas páginas que luego corregimos hasta volverlas presentables. Hablo de las otras. Las que nacen torcidas y permanecen torcidas. A veces falla la prosa, que avanza como una carreta con una rueda rota. A veces falla la idea, que parecía un continente y termina siendo una isla diminuta. Y muchas veces no falla ninguna de las dos: falla la exigencia que las precede, esa voz que pide una obra maestra cuando apenas haría falta una página honesta. La literatura tiene la mala costumbre de exhibir sus cumbres y esconder sus derrumbes. Leemos ...

Una habitación en silencio

Durante años tuve la sospecha de haber nacido para una vida distinta. No una vida mejor, cuidado, sino una vida más novelesca. Imaginaba mesas de madrugada en París, en Buenos Aires o en cualquier ciudad donde los escritores parecieran haber inventado una segunda noche reservada para ellos. Veía a Hemingway discutiendo con periodistas y boxeadores. Veía a Cortázar cruzando puentes húmedos después de conversaciones interminables. Veía poetas, pintores, músicos, filósofos, todos inclinados sobre una mesa redonda donde las palabras caían como fichas de dominó. Y yo, naturalmente, estaba allí. En esas fantasías siempre decía algo brillante cerca de las tres de la mañana. La realidad, en cambio, resultó tener un sentido del humor bastante refinado. Porque cuando alguna vez tuve la oportunidad de participar en esas escenas, descubrí algo incómodo: después de una hora empezaba a extrañar mi casa. Mientras los demás pedían otra ronda, yo pensaba en el libro que había dejado a medio capítulo. M...

Las redes y las conversaciones

A veces pienso que Internet llegó a Chile como llegan ciertas lluvias: primero una sospecha en el aire, una conversación escuchada a medias, el comentario de alguien que conocía a alguien que tenía una cuenta en una universidad o en una empresa donde las máquinas se hablaban entre sí con una paciencia que los humanos rara vez practicamos. Era mediados de los noventa y el asunto tenía algo de espiritismo doméstico. Uno se sentaba frente al computador, esa caja que todavía merecía el nombre de máquina, y marcaba un número telefónico. Entonces comenzaba la ceremonia: silbidos, crujidos, chirridos metálicos, pequeñas disputas entre fantasmas eléctricos. El módem negociaba con otro módem en algún lugar invisible de Santiago. Durante esos segundos parecía que el mundo entero dependía de una conversación entre grillos mecánicos. Y de pronto, conexión. La palabra era hermosa: conexión. No velocidad, no rendimiento, no productividad. Conexión. Como si una calle nueva hubiera aparecido durante l...