Cincuenta años no son una cifra redonda, aunque los calendarios insistan en presentarla como si lo fuera. Más bien parecen una acumulación de esquinas: algunas suavizadas por el uso, otras todavía filosas, y unas cuantas que uno aprende a esquivar sin mirarlas demasiado de frente.
Es extraño decirlo así, pero a esta altura ya se sabe que la vida no se deja resumir. Ni siquiera por uno mismo.
Hay hijos, sí. Y con ellos una forma de tiempo que no se parece a ninguna otra: el tiempo que deja de ser tuyo sin dejar de importarte. Uno aprende a mirar hacia adelante con sus ojos, y hacia atrás con los propios, como si fueran dos corrientes que no siempre se encuentran pero tampoco dejan de dialogar. En ellos persiste una continuidad que no depende de la voluntad, sino de algo más obstinado y silencioso.
También hay heridas. No como excepciones, sino como una gramática paralela que fue enseñando su sintaxis sin pedir permiso. Algunas se volvieron cicatrices casi elegantes, otras siguen siendo interrupciones en la frase, pausas que no terminan de cerrarse del todo. Con el tiempo uno deja de preguntarse por qué ocurrieron todas, y empieza a notar lo que hicieron posible. No por resignación, sino por una curiosa forma de comprensión que no necesita justificarlo todo.
Y hay alegrías, que no siempre llegan con estruendo. A veces se presentan como una tarde sin urgencia, una conversación que no busca ganar nada, una música que se cuela sin anuncio. También hay creaciones: música y literatura como formas de respirar de otro modo, como si el aire cotidiano no alcanzara y hubiera que inventar pulmones adicionales para seguir habitando el mundo.
Uno escribe, compone, insiste, no tanto para decir algo nuevo sino para comprobar que todavía hay algo que puede ser dicho sin romperse en el intento.
Los viajes, por su parte, han dejado de ser desplazamientos para convertirse en capas. Estos ojos han visto amaneceres y atardeceres en distintas latitudes, sí, pero con el tiempo uno entiende que el cambio más profundo no está en la geografía sino en la forma de mirar. Hay cielos que parecen distintos hasta que uno descubre que lo distinto era uno mismo, desplazándose por dentro sin necesidad de avión.
Y sin embargo, la acumulación no ordena. Más bien dispersa con una elegancia peculiar.
Cincuenta años no enseñan una lección única. Enseñan, si acaso, la sospecha de que no hay lección definitiva. Que todo lo que parecía conducir a una conclusión termina por abrir otra pregunta. Y que esa apertura constante —a veces cansadora, a veces luminosa— es probablemente lo más honesto que tiene la existencia.
Si algo se vuelve claro con el tiempo es esto: no hay llegada. No en el sentido solemne que solemos imaginar. Hay continuidad. Una especie de conversación que no depende de que uno la entienda del todo para seguir ocurriendo.
Y quizá eso sea suficiente.
No trascender. No resolver. No fijar una forma definitiva.
Solo seguir participando en este movimiento que empezó antes de nosotros y no muestra ninguna intención de terminar con nuestra biografía.
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