Querida amiga,
Te escribo desde ese rincón de la tarde donde uno cree que entiende algo, apenas un hilo, y sin embargo ese hilo no articula ninguna trama sino más bien se enreda en los dedos, en los prejuicios, en las expectativas que uno acarrea como quien lleva piedras viejas en el bolsillo.
He visto con preocupación que, actualmente en muchos países, hay sectores que expresan una sensación de desconcierto ante la adhesión masiva a proyectos políticos que consideran éticamente o democráticamente problemáticos.
Y hoy yo me siento igual. Porque —y esto me lo repito con la obstinación de los necios— cuesta muchísimo aceptar que uno se equivoca, que aquello que a mí se me aparece como monumentalmente cuestionable apenas si provoca un pestañeo en los demás, y a veces ni eso. Es como gritar en un cuarto lleno de gente y que apenas un par levante la mirada, mientras el resto continúa conversando de lo suyo, indiferentes a la grieta que uno cree ver abrirse en el suelo.
A veces me sorprendo pensando que soy yo el que exagera, que la brújula moral tiene norte pero el mío, vaya a saber por qué, se encapricha señalando otro lado. ¿Y qué hacer? ¿Cambiar de brújula o confiar en que las brújulas mayoritarias también se equivocan? Porque no deja de intrigarme esa facilidad con que nuestros compatriotas aceptan cosas que a mí me crujen por dentro, como si la tolerancia fuera un músculo demasiado entrenado en este país, siempre dispuesto a estirarse un poco más, a dejar pasar otra cosa, a perdonar otra incongruencia.
Pienso en la cantidad de diputados y senadores elegidos que representan el partido, el pensamiento y la política de la figura de Kast, no porque sea el único, sino porque su campaña ha sido el espejo más reciente —y quizá el más punzante— de esta distancia entre lo que a mí me inquieta y lo que a muchos, aparentemente, no les mueve un pelo. Han circulado denuncias, sospechas, roces incómodos: financiamientos opacos, vínculos confusos entre fundaciones y sectores influyentes, operaciones comunicacionales poco transparentes, incluso esas acusaciones sobre campañas digitales y redes dudosas. No sé si todas son ciertas —uno nunca sabe del todo— pero sí sé que preguntarle a Kast por ellas suele ser como arrojar un dardo a un pez dorado: se bambolea, cambia de dirección, responde otra cosa, se zambulle en la piscina de la retórica y vuelve con una sonrisa impecable, sin mojarse el traje.
Y lo extraordinario, lo que realmente me deja descolocado, no es su capacidad para esquivar preguntas, sino la parsimonia con que buena parte del país acoge ese gesto. Como si ya nos hubiéramos acostumbrado a que no nos respondan, como si el silencio fuera parte del contrato electoral, una cláusula tácita que todos aceptamos sin leer la letra chica. Yo miro eso, querida X., y me pregunto en qué momento cambiamos la desconfianza saludable por esta especie de modorra cívica, este sopor donde todo se perdona, todo se olvida, todo se normaliza.
Hoy, con su triunfo que lo empuja al balotaje, siento que los que dudamos quedamos un poco desorientados, como si hubiéramos leído un libro distinto al que leyó la mayoría. Pero quizá, pensándolo mejor, la literatura siempre ha sido eso: versiones paralelas de la realidad, historias que coexisten aunque no coincidan. Y tal vez lo mismo ocurre con el país: tú viviendo tu mapa, yo el mío, y entre ambos un territorio inmenso donde millones trazan rutas que no se parecen a las nuestras.
No sé qué pasará en la segunda vuelta. Lo único que sé es que deberemos mirarnos de frente, sin el consuelo fácil de creer que el error es siempre de los otros. Si Chile eligió este camino, aunque sea temporalmente, tendremos que aprender a leerlo, aunque la lectura duela. Y quizá ahí, en esa incomodidad compartida, empiece de nuevo la posibilidad de entendernos.
Y quizá —te lo digo con esa mezcla de perplejidad y resignación tan nuestra— lo que pesa no son sus silencios, ni las denuncias que rondan como moscas persistentes, ni esas sombras éticas que a mí me inquietan más de la cuenta. Quizá lo que realmente mueve a las masas es otra cosa: su promesa de mano dura frente al desorden que muchos sienten como amenaza cotidiana, su discurso inflexible sobre la migración —tan tajante que parece borrar matices—, su insistencia en recortar ese Estado que describe como derrochador, lento y capturado por otros intereses. Él ofrece certezas simples en un mundo complicado, y en esa simpleza hay algo que seduce, que tranquiliza, que ordena. Tal vez es eso lo que pesa más que cualquier duda moral: la ilusión de que alguien por fin “tomará el control”, aunque uno no esté muy seguro de qué significa realmente “controlar”.
Y otra vez el viejo dilema: ¿votan a favor de su propuesta o en contra de la percepción que se tiene de lo que fue el gobierno anterior?
Y no niego... Me dueles Chile, me dueles Argentina que vas por un camino similar.
Y no es que un camino de derecha no sea una alternativa válida, es "esta propuesta y camino de derecha dura, alejada de los derechos de la gente", de retroceso social y ético.
Quizá hemos olvidado que pocos llegaremos a ser grandes empresarios, pero todos, si vivimos lo suficiente, seremos jubilados.
Pero esto es lo que elige la gente. Esto es democracia, tan difícilmente ganada y mantenida.
Con afecto, y un poco de desconcierto,
A.P
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